La tarea de Isaías le parecía casi desesperada. ¿Debía renunciar a su misión, descorazonado, y dejar a Israel en paz en su idolatría? ¿Habrían de reinar en la tierra los dioses de Nínive y desafiar al Dios del cielo?
Tales eran los pensamientos que se agolpaban en su mente mientras estaba debajo del pórtico del santo templo. De repente, la puerta y el velo interior del templo parecieron alzarse o retraerse, y se le permitió mirar adentro, al lugar santísimo, donde ni siquiera los pies del profeta podían penetrar. Se alzó delante de él una visión de Jehová sentado sobre un trono alto y exaltado, mientras que su séquito llenaba el templo. A cada lado del trono se cernían los serafines, que volaban con dos alas, mientras que con otras dos velaban su rostro en adoración, y con otras dos cubrían sus pies. Estos ministros angélicos alzaban su voz en solemne invocación: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3), hasta que los postes y las columnas y las puertas de cedro parecían temblar, y la casa se llenaba de sus alabanzas (Testimonios para la iglesia, t. 5, p. 700).
El templo de Dios está abierto en el cielo, y su umbral está inundado por la gloria destinada para cada iglesia que ama a Dios y guarda sus mandamientos. Necesitamos estudiar, meditar y orar. Entonces tendremos visión espiritual para discernir las cortes interiores del templo celestial. Captaremos los temas de los cantos y las acciones de gracias del coro celestial que rodea el trono. Cuando Sion se levante y brille, su luz será más penetrante, y preciosos cantos de alabanza y agradecimiento se escucharán en las reuniones de los santos. Dejarán de escucharse las murmuraciones, las quejas y los lamentos por pequeños chascos y dificultades. Al aplicarnos el colirio celestial contemplaremos la gloria que se extiende más allá. La fe irrumpirá en la sombra infernal de Satanás, y veremos a nuestro Abogado que ofrece el incienso de sus propios méritos en nuestro favor…
Alabemos a Dios aquí en la tierra. Unámonos con la compañía celestial. Entonces representaremos la verdad tal como es: un poder para todos los que creen (That I May Know Him, p. 273; parcialmente en A fin de conocerle, p. 272).
No es una evidencia concluyente de que un hombre sea cristiano el que manifieste éxtasis espiritual en circunstancias extraordinarias. La santidad no es arrobamiento: es una entrega completa de la voluntad a Dios; es vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios; es hacer la voluntad de nuestro Padre celestial; es confiar en Dios en las pruebas y en la obscuridad tanto como en la luz, es caminar por fe y no por vista; confiar en Dios sin vacilación y descansar en su amor (Los hechos de los apóstoles, p. 42).
