«Nosotros ponemos nuestra esperanza en el Señor; el es nuestra aguda y nuestro escudo» (Sal. 33:20).
Había hablado con mi hermano menor dos veces ese domingo de mañana. Hablamos sobre cosas ordinarias, de las que suelen hablar hermanos y hermanas, y prometimos llamar al otro durante la semana. Esa misma tarde sonó el teléfono. Era mi cuñada, diciéndome que mi hermano estaba en el hospital. Con mucha ansiedad, le pregunté si se trataba de algo grave. Ella me dijo que había tenido un infarto y que el médico estaba intentando estabilizarlo. ¡No podía creer lo que oía!
Clamé a Dios día y noche como nunca antes lo había hecho, rogándole que sanara a mi hermano. Pasaron los días. Cuando el médico le dijo que tenía que someterse a una cirugía de triple bypass, me asusté. Oré con todo mi corazón, pidiendo que Dios lo mantuviera a salvo. La operación pareció salir bien. Pronto, él estaba hablando con todos y parecía camino a una recuperación completa. Afirmó que creía que Dios le había devuelto la salud.
Sin embargo, al pasar las semanas, hubo un retroceso y finalmente sucumbió a su enfermedad. Mi corazón estaba roto, pero sentí que tenía que estar fuerte para mis otros hermanos. Pero cuando vi a mi hermano en el ataúd el día de su funeral, supe que mi corazón estaba demasiado dolido para expresar palabras. Entre sollozos, pedí a Dios que reparara mi corazón hecho pedazos.
Dios me recordó la cruz áspera sobre la cual su Hijo único sufrió y murió a los treinta y tres años. Mi hermano era mayor que esa edad. Dios me recordó, a través del sermón predicado en esa ocasión, que todos estamos a un paso entre la vida y la muerte. Él me señaló el hecho de que mi hermano le había entregado su vida y Dios no iba a dejarlo ahora. Mi mente se llenó de preciosos recuerdos y sentí la paz que solo Dios puede proveer. Anhelo encontrarme con mi hermano en la mañana de la resurrección. Mi alma está preparada.
Amiga, quizás hayas tenido una experiencia similar, o no; pero todos necesitamos saber que hay un «amigo verdadero [que] se mantiene más leal que un hermano» (Prov. 18:24). Él es el mejor consolador, guía, amigo y Rey venidero del mundo. Puedes acudir a él ante tu necesidad y estar segura de que lo hallarás. No te dejará sola. Él puede reparar cada corazón roto. ¿Acudirás a él hoy?
SHIRNET WELLINGTON
es asistente administrativa en Miami, EE. UU., es jamaiquina
de nacimiento y maestra de profesión
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Damas 2018
“Bendecida”
