«¿QUIERES QUEDAR SANA?»

«Había allí, junto a la puerta de las ovejas, un estanque rodeado de cinco entradas cuyo nombre en hebreo es Betzatá»

Juan 5: 2.

Era época de fiestas en Jerusalén y la ciudad estaba llena de peregrinos. Yendo al Templo un sábado, Jesús vio el estanque de Betesda. Estos estanques eran construcciones comunes en las antiguas sinagogas por su uso en rituales de purificación.

Algunas veces, las aguas del estanque de Betesda se movían. El pueblo judío, influenciado por creencias paganas, creía que eran ángeles los que movían las aguas y que, el primero que entrara en ellas, quedaría sanado de cualquier enfermedad que tuviera. Centenares de enfermos aguardaban cada día que las agua se agitaran, y se precipitaban al estanque atropellando a los más débiles.

Los más enfermos eran llevados por alguien hasta el estanque y dejados allí, cerca del agua. Algunos morían intentando alcanzarla cuando se movía. Incluso había refugios en los alrededores para proteger a los enfermos del calor del día y del frío de la noche. Muchos se albergaban allí, e iban como podían al estanque día tras día, esperando su milagro.. ¡Qué escena deprimente!

En aquella ocasión, como era sábado, Jesús no quería comprometer su misión sanando en el día santo, sin embargo, había un hombre paralítico desde hacía treinta y ocho años. Estaba solo y deprimido, sintiéndose miserable e indigno de la gracia divina. Cada vez que se movía el agua, esperaba que alguien lo condujera hasta ella, pero siempre llegaba otro primero. Yacía en su litera cuando sus ojos se cruzaron con la mirada compasiva de Jesús a quien escuchó decir: «¿Quieres quedar sano?». La esperanza renació en él. Sin embargo, respondió: «Señor, no tengo, a nadie que me meta en el estanque mientras se agita el agua» (Juan 5: 6, 7). Jesús comprendió su visión espiritual distorsionada y no le pidió que tuviera fe en él. Sencillamente ordenó: «Levántate, recoge tu camilla y anda» (vers. 8). El hombre no dudó. Un nuevo vigor le renovó cada nervio y cada múscuIo, llenando de salud su cuerpo. Obedeció y se puso en pie. Podría haber cuestionado las palabras de Jesús, pero creyó, obedeció y fue sanado.

En tiempos de dudas, se multiplican nuestras racionalizaciones y somos tentadas a cuestionar las órdenes de Dios. Mientras nos resistimos a ser obedientes y confiar en su Palabra, seguimos debatiéndonos, arrastrando un sufrimiento sin fin.

Tú también necesitas la cura divina. ¡Alza tus ojos! El amoroso Salvador te mira con ternura y piedad, y te pide que te levantes y andes. No necesitas esperar a estar sana.

Cree y obedece su Palabra y él te restaurará, sea cual sea la razón que te llevó a ser cautiva de la camilla del pecado.

 

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Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Silvia García F.

 

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