“No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender”. Fil. 4:6, 7.

Estas conductas adictivas pueden producir un alivio pasajero y momentáneo a una necesidad oculta no satisfecha, pero conducen irremediablemente a un desenlace de dolor, dejando por el camino relaciones rotas con los seres queridos, con una misma y, por supuesto, con Dios.
Contrario a lo que muchos piensan, las adicciones no se aprenden en la calle ni con los amigos; la mayoría se gestan en el seno de la familia. Por esta y por muchas razones más, debemos cuidar con devoción y responsabilidad la estabilidad del hogar, creando un vínculo afectivo en el que todos sus miembros se sientan aceptados y reconocidos por lo que son, sin exigencias continuas de perfección.
Vemos a esposos adictos al trabajo que prefieren estar lejos del ambiente hostil de la familia; vemos a jóvenes adictos a la tecnología para no oír ni ver la reyerta continua de sus padres; vemos a niños con adicción a la televisión como una forma inconsciente de evadir el confinamiento al que son sometidos por padres ocupados que no cuidan lo que tienen; vemos a mujeres con una necesidad imperiosa de ir de compras o de comer compulsivamente cuando no reciben reconocimiento por lo que hacen por la familia… En fin, esta es una triste realidad que no podemos eludir y que, posiblemente, te esté afectando a ti.
Sumergirnos en las adicciones es resignarnos a perder irremediablemente lo mejor que nos ha dado Dios: la familia y los seres que amamos. Pidamos sabiduría de lo alto para que no caigamos en una adicción o, si ya tenemos alguna, el Señor nos ayude a arrojar lejos esa muleta para apoyarnos única y exclusivamente en él.
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Lecturas Devocionales para Damas 2021
“PINCELADAS DEL AMOR DIVINO”
Por: ERNA ALVARADO POBLETE
Colaboradores: Adriana Jiménez & Rosalyn Angulo