«Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman».
1 Corintios 2: 9
Cuando nuestros sentidos se deleiten en la diversidad y la belleza de la tierra, pensemos en el mundo venidero, que nunca conocerá mancha de pecado ni de muerte; donde la faz de la naturaleza no se verá ya oscurecida por las sombras de la maldición. Procuremos tener en mente una vislumbre del hogar de los redimidos; y pensemos que será más glorioso que cuanto pueda imaginar la inteligencia más brillante. En los múltiples dones de Dios en la naturaleza no vemos sino un muy pálido reflejo de su gloria.— El camino a Cristo, cap. 10, pp. 127, 128.
Y pronto las puertas del cielo se abrirán para dar paso a los hijos de Dios. Y los labios del Rey de gloria pronunciarán la invitación que resonará en sus oídos, como la música más dulce: «Vengan ustedes, a quienes mi Padre ha bendecido; reciban su herencia, el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo» (Mat. 25: 34, NVI). Entonces los redimidos recibirán la bienvenida al hogar que el Señor Jesús les está preparando.— Ibid. , cap. 13, p. 187.
Vi que Jesús conducía a los redimidos a la puerta de la ciudad; y al llegar a ella la hizo girar sobre sus goznes relumbrantes y mandó que entraran todas las gentes que hubiesen guardado la verdad. Dentro de la ciudad había todo lo que pudiese agradar a la vista. Por todas partes los redimidos contemplaban abundante gloria. Jesús miró entonces a sus santos redimidos, cuyo semblante irradiaba gloria, y fijando en ellos sus ojos bondadosos les dijo con voz tierna y melodiosa: «Contemplo el trabajo de mi alma, y estoy satisfecho. Suya es esta excelsa gloria para que la disfruten eternamente. Terminaron sus pesares. No habrá más muerte ni llanto ni pesar ni dolor».
Las palabras son demasiado pobres para intentar una descripción del cielo. Siempre que se vuelve a presentar ante mi vista, el espectáculo me anonada de admiración. Arrobada por el insuperable esplendor y la excelsa gloria, dejo caer la pluma exclamando: <<¡Oh, qué amor, qué maravilloso amor!». El lenguaje más exaltado no bastaría para describir la gloria del cielo ni las incomparables profundidades del amor del Salvador.— Primeros escritos, cap. 69, pp. 347, 348.
EL REINO DE GLORIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
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