
Esta relación espiritual se puede establecer solamente ejerciendo nuestra fe personal. Esta fe debe expresar suprema preferencia, perfecta confianza, plena consagración de nuestra parte. Nuestra voluntad debe haberse entregado por completo a la de Dios; nuestros sentimientos, deseos, intereses y conciencia se habrán identificado con la prosperidad del reino de Cristo y el triunfo de su causa. Al mismo tiempo estaremos recibiendo constantemente su gracia, y Cristo estará aceptando nuestra gratitud (Mi vida hoy, p. 15).
Muchos tienen la idea de que deben hacer alguna parte de la obra solos. Confiaron en Cristo para obtener el perdón de sus pecados, pero ahora procuran vivir rectamente por sus propios esfuerzos. Mas todo esfuerzo tal fracasará. El Señor Jesús dice: “Porque separados de mí nada podéis hacer”. Nuestro crecimiento en la gracia, nuestro gozo, nuestra utilidad, todo depende de nuestra unión con Cristo. Sólo estando en comunión con él diariamente y permaneciendo en él cada hora es como hemos de crecer en la gracia. Él no es solamente el autor de nuestra fe sino también su consumador. Ocupa el primer lugar, el último y todo otro lugar. Estará con nosotros, no solo al principio y al fin de nuestra carrera, sino en cada paso del camino. David dice: “A Jehová he puesto siempre delante de mí; porque estando él a mi diestra, no resbalaré”. Salmo 16:8.
Preguntaréis tal vez: “¿Cómo permaneceremos en Cristo?” Pues, del mismo modo en que le recibisteis al principio. “De la manera, pues, que recibisteis a Cristo Jesús el Señor, así andad en él”. “El justo… vivirá por la fe”. Colosenses 2:6; Hebreos 10:38. Os entregasteis a Dios para ser completamente suyos, para servirle y obedecerle, y aceptasteis a Cristo como vuestro Salvador. No podíais por vosotros mismos expiar vuestros pecados o cambiar vuestro corazón; pero habiéndoos entregado a Dios, creísteis que por causa de Cristo el Señor hizo todo aquello por vosotros. Por la fe llegasteis a ser de Cristo, y por la fe tenéis que crecer en él, dando y recibiendo. Tenéis que darle todo: el corazón, la voluntad, la vida, daros a él para obedecerle en todo lo que os pida; y debéis recibirlo todo: a Cristo, la plenitud de toda bendición, para que more en vuestro corazón, sea vuestra fuerza, vuestra justicia, vuestro eterno Auxiliador, y os dé poder para obedecer (El camino a Cristo, pp. 69, 70).
La fortaleza de toda alma reside en Dios y no en el hombre. La quietud y la confianza han de ser la fuerza de todos los que dediquen su corazón a Dios. Cristo no manifiesta un interés casual en nosotros; el suyo es más fuerte que el de una madre por su hijo. Nuestro Salvador nos ha comprado mediante el sufrimiento y el dolor humanos, mediante el insulto, el oprobio, el ultraje, la burla, el rechazo y la muerte. Está velando sobre ti, tembloroso hijo de Dios. Él te asegurará bajo su protección. Nuestra debilidad en la naturaleza humana no impedirá nuestro acceso al Padre celestial, porque él [Cristo] murió para interceder por nosotros (Sons and Daughters of God, p. 77; parcialmente en Hijos e hijas de Dios, p. 79).
www.meditacionesdiarias.com
www.faceboock.com/meditacionesdiariass
m.youtube.com/c/MeditacionesDiarias/
Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2024.
4to. Trimestre 2024 «TEMAS EN EL EVANGELIO DE JUAN»
Lección 13: «EPÍLOGO: CONOCER A JESÚS Y SU PALABRA»
Colaboradores: AURA HERRERA y Adriana Jiménez