«PELIGROS DENTRO Y FUERA»

«Amados, no crean a todo espíritu, sino prueben si los espíritus son de Dios.

Porque muchos falsos profetas han salido al mundo».

1 Juan 4: 1, RVA15

A medida que los años transcurrían y el número de creyentes crecía, Juan trabajaba con mayor fidelidad y fervor en favor de sus hermanos. Los tiempos estaban llenos de peligro para la iglesia. Por todas partes existían engaños satánicos. Por medio de la falsedad y el engaño los emisarios de Satanás procuraban suscitar oposición contra las doctrinas de Cristo; como consecuencia las disensiones y herejías ponían en peligro a la iglesia. Por eso muchos eran llevados a los laberintos del escepticismo y el engaño.

Juan se llenaba de tristeza al ver penetrar en la iglesia esos errores venenosos. Veía los•peligros a los cuales ella estaba expuesta y afrontaba la emergencia con presteza y decisión. Las epístolas de Juan respiran el espíritu del amor. Parecería que las hubiera escrito con pluma entintada de amor. Pero cuando se encontraba con los que estaban transgrediendo la ley de Dios, y sin embargo aseveraban que estaban viviendo sin pecado, no vacilaba en amonestarlos sobre su terrible engaño.

Estamos autorizados a tener el mismo concepto que tuvo el apóstol amado de los que afirman morar en Cristo y viven transgrediendo la ley de Dios. Existen en estos últimos días males semejantes a los que amenazaban la prosperidad de la iglesia primitiva; y las enseñanzas del apóstol Juan sobre estos puntos deben considerarse con cuidadosa atención. «Debes tener amor» es el clamor que se oye por doquiera, especialmente de parte de quienes se dicen santos. Pero el amor verdadero es demasiado puro para cubrir un pecado no confesado. Aunque debemos amar a las almas por las cuales Cristo murió, no debemos transigir con el mal. No debemos unirnos con los rebeldes y llamar a eso amor. Dios requiere de su pueblo en esta época del mundo, que se mantenga de parte de lo justo tan firmemente como lo hizo Juan cuando se opuso a los errores que destruían las almas.

Declaró lo que sabía, lo que había visto y oído.  Hablaba con un corazón que rebosaba de amor hacia su Salvador; y ningún poder podía detener sus palabras.

Asimismo puede todo creyente estar capacitado, por medio de su propia experiencia, para afirmar «que Dios es verdadero» (Juan 3: 33, PDT). Puede testificar de lo que ha visto, oído y sentido del poder de Cristo.— cap. 54, pp. 412, 413.

 

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Por: Elena G de White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García

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