¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres! LUC. 2:14.
El número de muertos era alto en ambos bandos. La batalla era intensa. El ataque pesado de la artillería había durado todo el día. La tierra se sacudía por el bombardeo incesante de los aviones del Eje. Las fuerzas aliadas habían respondido con su propio ataque. Los ejércitos rivales se enfrentaban en las trincheras.
Joe, un soldado norteamericano de 18 años, se recostó exhausto contra la pared de tierra de su trinchera recién cavada. El sol se estaba poniendo. Había pasado otro día y aún estaba vivo. Era la Nochebuena de 1944. Los pensamientos de su hogar inundaron su mente… Mamá, papá… su hermano Tom… su hermana Alicia… el pastel de manzana recién horneado… las galletitas caseras de pasas de uva… el pavo al horno… los regalos envueltos en coloridos papeles… el árbol de Navidad… las sonrisas… los abrazos… los leños quemándose en el hogar… el chocolate caliente… la paz.
Pero en esta pesadilla llamada guerra, la muerte estaba frente a él. La paz y la buena voluntad eran producto de su imaginación.
El campo de batalla estaba ahora en silencio. El aire era frío y claro. Las estrellas resplandecían en un cielo iluminado por la luz de la luna. ¿Era un canto lo que escuchaba? ¿Estaban sus oídos engañándolos en esa Nochebuena? ¿Era esto una clase de trampa sutil? Los cánticos de Navidad llenaron de regocijo la noche. La letra estaba en alemán, pero la melodía era inconfundible. «Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor. Entre los astros que esparcen su luz, bella anunciando al niño Jesús, brilla la estrella de paz».
A tan sólo unos cientos de metros los soldados alemanes cantaban cánticos navideños a plena vista. Lentamente, con cautela al principio, Joe salió de su trinchera. Se conmovió su corazón. Se emocionó en su interior. De pronto no pudo contenerse más. Espontáneamente comenzó a cantar.
«Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor». Sus compañeros norteamericanos se le unieron en el canto. Muy pronto las voces que unas horas antes habían gritado las maldiciones de la guerra ahora se elevaban en un coro de alabanza. Los dos bandos opuestos se aproximaron uno al otro. Se estrecharon las manos y se abrazaron. Rieron y cantaron. Por una noche eran hermanos. Compartían algo en común. Se detuvo la pelea. Cesaron los bombardeos. Los morteros permanecieron en silencio en esa Nochebuena. Durante un breve momento se tornaron amigos. La paz de la Navidad unió, por unos breves momentos, a dos ejércitos enemigos.
Si Dios lo hizo entonces, ¿por qué no lo puede hacer ahora? Si Dios lo hizo allí, también ciertamente lo puede hacer aquí. La Navidad es un tiempo de paz, un tiempo de buena voluntad, un tiempo de unidad. Permita que el Príncipe de Paz llene su corazón en esta Navidad, y que usted se torne en un instrumento de su paz para todos los que lo rodean hoy.
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«SOBRE TIERRA FIRME»
Por: MARK FINLEY
Colaboradores: Familia Mariscal

