“Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” (Efe. 4:31, 32).
“Jamás un escupitajo puede herir el cuerpo. Se escupe para hacer daño en el alma”. Max Lucado
¿Alguna vez te has descubierto a ti misma sintiéndote bien (satisfecha, aliviada, reconfortada) por haber hecho sentir mal a alguien? No hace falta que se lo confieses a nadie, pero sí es imperioso que no te engañes a ti misma. A ti tienes que decirte siempre la verdad o, de lo contrario, no habrá progreso espiritual. La pregunta concreta sobre la cual quiero reflexionar esta mañana es: ¿Necesitas en ocasiones hacer sentir mal a alguien para poder sentirte bien tú?
¿No sería más interesante sentirse bien con el crecimiento espiritual de aquella persona cuya presencia nos molesta porque nos ha hecho un daño real o porque así lo percibimos a causa de nuestra propia manera de entender el mundo? Al fin y al cabo, solo saldrá de esa oscuridad que le lleva a herirnos cuando logre ver lo absurdo que es sentirse bien haciendo sentir mal a otro. Piénsalo.
¿Puede haber satisfacción cristiana ante un acto que implica daño al alma de otro ser humano y que a la vez nos deshumaniza a nosotras? Responde tú misma.
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“VIRTUOSA” Ante todo, cristiana
Por: Mónica Díaz
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Adriana Jiménez
