No abrigues en tu corazón deseos por su belleza ni te dejes cautivar por sus ojos. Pues la ramera va tras un pedazo de pan, pero la mujer ajena busca tu valiosa vida
(Proverbios 6: 25, 26).
Cuando Israel estaba acampado al lado del Jordán, Moisés estaba ocupado con los preparativos para la ocupación de Canaán, y Satanás enredó al pueblo en grave degradación.
Pronto las mujeres madianitas comenzaron a entrar al campamento israelita. Bajo el pretexto de entablar amistades, pretendían asociarse con los hebreos para seducirlos a transgredir la Ley de Dios, llevándolos a participar de los ritos y costumbres paganos de sus vecinos.
Balaam sugirió al rey moabita que hiciera una fiesta pagana. Como era considerado por los israelitas un profeta de Dios, Balaam asumió el compromiso de inducir al pueblo para que asistiera. Muchos se le unieron. Engañados por la música y la danza, con la mente embotada por el vino y seducidos por la belleza de las mujeres paganas, ignoraron las barreras del dominio propio y la fidelidad a Dios.
Con la conciencia depravada, adoraron a los ídolos y les ofrecieron sacrificios en los más degradantes ritos. El pueblo parecía dopado, ciego. Los príncipes y los principales hombres fueron los primeros en pecar.
Cuando Moisés vio a los israelitas participando de ese culto licencioso y cómo los ritos paganos eran observados en el campamento, se indignó.
Los juicios divinos fueron instantáneos. Decenas de miles murieron afligidos por una plaga. Los líderes de la apostasía fueron muertos por los jueces de Israel y sus cuerpos suspendidos a la vista de todos para que percibieran la profunda aversión divina hacia el pecado.
Reconociendo el justo castigo, el pueblo confesó su pecado. De repente, en medio de personas llorando y otras muriendo debido a la plaga, uno de los hijos de Israel llegó trayendo a una madianita, una prostituta. Lleno de osadía, desafiaba la venganza de Dios y se burlaba de los jueces de la nación. Finees, hijo del sumo sacerdote, tomando una lanza, entró a la tienda de aquel hombre y los mató a ambos. Entonces la mortandad cesó.
Israel, que no había sido vencido por las armas ni por los encantamientos de Madián, cayó rehén de las mujeres. Tal es el poder que la mujer, alistada en el servicio de Satanás, ha ejercido para enredar y destruir las almas (Elena G. de White, Patriarcas y profetas, cap. 41, pág. 433).
¡Seamos mujeres comprometidas de cuerpo y alma con la pureza! ¡Jamás estemos al servicio de Satanás!
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Tomado de la: Lectura Devocional para Damas 2026
«SUBLIME BELLEZA»
Por: MARIAN M.GRUDTNER
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Esther Peláez
