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«Entre los funcionarios romanos que había en Palestina, los más odiados eran los publicanos. El hecho de que las contribuciones eran impuestas por una potencia extraña era motivo de continua irritación para los judíos, pues les recordaba que su independencia había desaparecido. Y los cobradores de impuestos no eran simplemente instrumentos de la opresión romana; cometiendo extorsiones por su propia cuenta, se enriquecían a expensas del pueblo. Un judío que aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le clasificaba con los más viles de la sociedad».— Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, cap. 28, p. 243
«El llamamiento de Mateo al discipulado produjo gran indignación. Que un maestro religioso eligiese a un publicano como uno de sus acompañantes inmediatos, era una ofensa contra las costumbres religiosas, sociales y nacionales. Apelando a los prejuicios de la gente, los fariseos esperaban volver contra Jesús la corriente del sentimiento popular».— Ibid., p 244
«Aunque los fariseos tenían tan alto concepto de sí mismos, estaban realmente en peor condición que aquellos a quienes despreciaban. Los publicanos tenían menos fanatismo y suficiencia propia, y así eran más susceptibles a la influencia de la verdad».— Ibid., p. 246
«En los tiempos de Cristo, el orgullo, el egoísmo y el prejuicio habían levantado una muralla de separación sólida y alta entre los que habían sido designados custodios de los oráculos sagrados y las demás naciones del mundo. Cristo vino a cambiar todo esto. Las palabras que el pueblo oía de sus labios eran distintas de cuantas había escuchado de sacerdotes o rabinos. Cristo derribó la muralla de separación, el amor propio, y el prejuicio divisor del nacionalismo egoísta; enseñó a amar a toda la familia humana. Elevó a la criatura humana por encima del círculo limitado que les prescribía su propio egoísmo; anuló toda frontera territorial y toda distinción artificial de las capas sociales. Para él no había diferencia entre vecinos y extranjeros, ni entre amigos y enemigos. Nos enseña a considerar a cada alma necesitada como nuestro prójimo y al mundo como nuestro campo».— Elena G. de White, El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, p. 70
«La nación judía rechazó y crucificó al Señor de gloria, porque en su mundanalidad, orgullo e intolerancia, no comprendieron las Escrituras que predijeron su venida. Estaban demasiado absortos en sus mezquinas luchas por el lugar y el poder, para estudiar la Palabra de Dios con un corazón dedicado a la oración. Y por la misma razón, muchos en este tiempo fracasarán en la preparación para la Segunda Venida de Cristo».— Elena G. de White, The Review and Herald, 23 de octubre de 1888, párrafo 9
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1er Trimestre 2024 «JESÚS Y LA LIBERTAD»
Lección #2: «ESPERANZAS POLÍTICAS FRUSTRADAS»
Colaboradores: Joaquín Maldona & Mayra

