martes , 8 septiembre 2026
Matinal Para Damas 2015

Ocho años de prueba

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Estos también sean sometidos a prueba primero, y entonces ejerzan el diaconado, si son irreprensibles. Las mujeres asimismo sean honestas, no calumniadoras, sino sobrias, fieles en todo. 1 Timoteo 3:10, 11

Después de que mi esposo me abandonó, fue difícil para mí estar sola, con hijas pequeñas para criar, alimentar y dirigir en la vida. Aun peor fue el hecho de que yo estaba apartada de Dios y quería hacer las cosas con mis propias fuerzas.

En aquel sueño que tuve a los diecisiete años, vi unas manos gigantescas en el cielo que se abrían hacia mí, y una voz que me decía: “Esta es tu última oportunidad”. En el sueño tenía un bebé en mis brazos.

Luego del divorcio, llena de autocompasión, olvidé el sueño. Aunque estaba apartada de la iglesia y no obedecía los mandamientos, aún amaba y temía a mi Salvador. Pero estaba ciega. Cada noche, por costumbre, oraba y leía la Biblia, pero seguía sin conocerlo personalmente.

Dos años después comencé una relación con otro hombre que no era creyente, y volví a cometer el mismo error. Tras una relación que duró cinco años quedé embarazada, y él me abandonó.

Por una mala praxis, mi niña estuvo privada de oxígeno cuando nació. Esto le provocó daño cerebral. El dolor que me causó ver a mi bebé luchando por sobrevivir era más fuerte de lo que podía soportar. De rodillas clamé a mi Padre celestial. El comenzó a hablarme mediante su Palabra. Fueron largas horas las que pasé con mi Dios en los siguientes tres meses. Pero al fin lo conocí personalmente. Abrí los ojos a la realidad: Dios es real, está vivo y me ama con un amor que hasta entonces desconocía.

Ocho años en el desierto y un despertar a la realidad me hicieron comprender que Dios siempre estuvo conmigo, que nunca me abandonó, a pesar de mis errores; que él quería que yo fuera parte de su remanente en este último tiempo de la historia del planeta Tierra.

No esperes hasta estar en medio de la turbulencia o de algún dolor terrible para ir a los pies de tu Salvador. Él te ama y quiere sanar tu corazón y tu mente. Háblale y aprende a escucharlo. Él está hablando a tu corazón. Decídete hoy a escucharlo.

Migdalia Arroyo

Tomado de: Lecturas devocionales para Damas 2015
“Jardines del alma”
Por: Diane de Aguirre

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