«Entonces tuvo un sueño, en el que veía una escalera apoyada en la tierra, y cuyo extremo tocaba el cielo, y veía que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella». Génesis 28: 12, RCV
CAMINO A PADAN-ARAM, Jacob se preparó para dormir y tomó una piedra como almohada. Durante la noche, Dios se le reveló en el sueño mostrándole una escalera apoyada en la tierra cuyo extremo tocaba el cielo; vio ángeles que subían y bajaban por ella, y a Dios en lo alto de aquella escalera (ver Génesis 28: 12-13).
«Cristo es la escalera que Jacob vio, cuya base descansaba en la tierra y cuya cima llegaba a la puerta del cielo, hasta el mismo umbral de la gloria. Si esa escalera no hubiese llegado a la tierra, y le hubiese faltado un solo peldaño, habríamos estado perdidos. Pero Cristo nos alcanza donde estamos» (El Deseado de todas las gentes, cap. 31, p. 281).
Conversando con Natanael, Jesús hizo referencia a la escalera que Jacob había visto en el sueño cuando dijo: «Desde ahora veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del hombre» (Juan 1:51).
El pecado separó a los hombres y a las mujeres de Dios, pero Cristo une al ser humano, débil y desamparado, con la fuente de poder infinito. Nuestro Salvador resolvió el problema transformándose en intermediario para restablecer la comunicación; así, los ángeles podrían mostrar al mundo el camino que conduce al Lugar Santísimo.
Habría sido increíble ver al Señor en lo alto de la escalera hablando a Jacob de la promesa de la tierra prometida y de llegar a ser un pueblo especial. Allí estaba la unidad del Padre, el Hijo y los ángeles, todos ellos fortaleciendo a Jacob y repitiendo la promesa: «Yo estoy contigo, te guardaré donde quiera que vayas y volveré a traerte a esta tierra, porque no te dejaré hasta que haya hecho lo que te he dicho» (Génesis 28: 15).
Gracias a Jesús tenemos acceso al cielo. Podemos llenarnos de esperanza y seguridad llevando a Cristo nuestras cargas y vaciando nuestro corazón a los pies de esa escalera que nos une a Dios. Allí encontraremos consuelo, esperanza y perdón, y escucharemos una voz que dirá: «Dame, hijo mío, tu corazón y miren tus ojos mis caminos» (Proverbios 23:26).
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Adultos 2018
“Fuentes De Vida¨
Por: David Javier Pérez
