EL PERDÓN DE DIOS
«No hay nada sano en mi cuerpo a causa de tu cólera, no hay nada ileso en mis huesos por culpa de mis pecados. Mis faltas me sobrepasan, como pesada carga me abruman. Mis heridas supuran infectadas por culpa de mi insensatez. Estoy agobiado y abatido, camino afligido todo el día. Mis entrañas están inflamadas, no hay nada sano en mi cuerpo». Salmo 38: 4-8, LPH

CUANDO SATANÁS NOS DICE que somos pecadores y que no podemos esperar recibir la bendición de Dios, digámosle que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores. No tenemos nada que nos recomiende a Dios; pero la súplica que podemos presentar ahora y siempre es la que se basa en nuestra falta absoluta de fortaleza, la cual hace de su poder redentor una necesidad. Renunciando a toda dependencia de nosotros mismos, podemos mirar la cruz del Calvario y decir: «Otro asilo aquí no hay, indefenso acudo a ti» (Himnario Adventista, n° 421). […]
Satanás no puede retener los muertos en su poder cuando el Hijo de Dios les ordena que vivan. No puede retener en la muerte espiritual de absolutamente nadie que con fe reciba la palabra de poder de Cristo. Dios dice a todos los que están muertos en el pecado: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos» (Efe. 5: 14). Esa palabra es vida eterna. […] Si la recibimos, tenemos liberación.— El Deseado de todas las gentes, cap. 32, pp. 287-289.
No importa cuál haya sido la experiencia del pasado ni cuán desalentadoras sean las circunstancias del presente, si acudirnos a Cristo en nuestra situación actual —débiles, sin fuerzas, desesperados—, nuestro compasivo Salvador saldrá a recibirnos mucho antes de que lleguemos, y nos rodeará con sus amorosos brazos y nos cubrirá con el manto de su propia justicia. Nos presentará a su Padre con las blancas vestiduras de su propio carácter. Él intercede por nosotros ante el Padre, diciendo: «Me he puesto en el lugar del pecador. No mires a este hijo desobediente, sino a mí». Y cuando Satanás contiende fieramente contra nosotros, acusándonos de pecado y alegando que somos su presa, la sangre de Cristo intercede con mayor intensidad.— El discurso maestro de Jesucristo, cap. 2, pp. 23-24.
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Devocional Vespertino Para 2020.
«Conocer al Dios Verdadero»
«FAMILIARIZÁNDONOS CON LA MISERICORDIA DE DIOS»
Por: Elena G. de White
Colaboradores: Pilita Mariscal & Martha Gonzalez
