¡No te sientas como en casa!

«Esperamos con entusiasmo los cielos nuevos y la tierra nueva que Él prometió» 2 Pedro 3:13

¡Escuchar eso fue absurdo! Contuve las ganas de explotar y gritar: «¡Oigan! ¿Qué payasada es esta? ¡Miren esto!». Estaba cansado después de un fin de semana intenso. Me sentía agradecido con la iglesia que me había invitado a predicar, pero el vuelo de regreso que me habían conseguido salía a las 2 de la mañana. El trayecto duraría tres horas, y el lunes me esperaba sin piedad.

Intenté mantener el buen humor hasta que descubrí mi asiento: ¡el 32B! Última fila, sin reclinar, pegado al baño (que apestaba) y, para colmo, en el asiento del medio, entre la ventana y el pasillo.

Pero lo que ya era difícil, empeoró. Un hombre con olor a alcohol señaló el asiento junto a la ventana, a mi lado. Se sentó y, al instante, abrió la boca como un cocodrilo. Su aliento era aún más fuerte que el olor de su ropa. Oré para conseguir otro asiento, pero el avión estaba repleto.

Entonces entró por la puerta un hombre con una pila de bolsos tan grande que parecía imposible de acomodar. Le costaba avanzar por el pasillo con todo ese equipaje, y así llegó hasta mi fila. Supliqué en silencio: «¡Por favor, Señor, aquí no!». Sus pertenencias ocupaban tanto espacio que apenas podía maniobrar para sentarse. Y sí, justo le tocaba el otro asiento a mi lado. Con sus cosas invadiendo mi espacio y el otro pasajero medio dormido y bebiendo, traté de no perder la calma. Me repetía: «¡Solo 180 minutos… solo 180 minutos!».

De pronto, el comandante habló por el altoparlante: «Señores pasajeros, bienvenidos al vuelo 197 de Gol. ¡Que tengan un buen viaje y siéntanse como en casa!». ¿¡Qué!? ¿Era una broma de mal gusto? ¿Cómo iba a «sentirme en casa» durante las tres peores horas de mi vida?

Entonces pensé en el cielo con Jesús. Nadie jamás se sentirá en casa de este lado del viaje, simplemente porque esta vida es incluso peor que el asiento 32B. Lloramos, nos cansamos, sufrimos y morimos; siempre hay algo que nos perturba en el trayecto. Eso es consecuencia del pecado.

Por lo tanto, recuerda: ningún pasajero se sentirá en casa mientras siga este viaje. Nuestro verdadero hogar es nuestro destino final, y Jesús nos espera allí. Valdrá la pena «volar» ese día hacia el tan esperado destino: nuestro hogar celestial.

Sé fuerte y resiste, tal como yo lo hice en aquel vuelo.

Tomado de la: Lectura Devocional de Adolescentes 2026
“LA VUELTA AL MUNDO EN 365 DÍAS»
Por: Odailson Fonseca

Colaboradores: Matilde Reyes y Adriana Jiménez

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