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Clama a mí, y te responderé, y te enseñaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes. (Jer. 33:3)

Como potencia educativa, la Biblia no tiene rival. Nada podrá impartir tanto vigor a todas las facultades del ser como el esfuerzo de captar las estupendas verdades de la revelación. La mente se adapta poco a poco a los temas; en que se le permite espaciarse. Si solamente se dedica a asuntos comunes, se debilitará y deformará…
Dado u amplio margen de estilos y temas, la Biblia tiene algo que puede interesar a cada intelecto y conmover cada corazón. . . . Encierra verdades que declara con la más absoluta sencillez y principios tan altos como los cielos, que abarcan la eternidad. (ST, 11-04-1906)
No hay ocupación ni aspecto de la existencia humana para el cual la Biblia no ofrezca instrucciones. Gobernante y súbdito, amo y siervo, comprador y vendedor, prestatario y prestamista, padre e hijo, maestro y alumno, todos encontrarán allí lecciones de valor incalculable.
Pero, por sobre todo, la Palabra de Dios presenta el plan de salvación: revela cómo el hombre pecaminoso se puede reconciliar con Dios, establece los grandes principios de la verdad y el deber que deben regir nuestra vida, y nos promete divina ayuda para ponerlos en práctica. Trasciende el límite de esta vida fugaz, y de la breve y tormentosa historia de la raza humana. Abre ante nuestros ojos la inmensa visión de los siglos eternos, que no serán entenebrecidos por el pecado, ni anublados por el dolor. (RH, 22-08-1912) (24)
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“Mi Vida, Hoy”
Enero – Una Vida Consagrada
Por: Elena G. de White