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Los envío corno ovejas en medio de lobos. Por tanto, sean astutos como serpientes y sencillos como palomas. Mateo 10:16, NVI.
Dios no hubiera intervenido, yo estaría muerto. En febrero de 1992 estaba trabajando solo como colportor en Nairobi, en un edificio de departamentos de seis pisos. Desafortunadamente, el mismo día que yo trabajé allí, unos ladrones atacaron a varios residentes, y se llevaron sus pertenencias con violencia. Dos semanas más tarde sucedió lo mismo, y cuando volví por tercera vez, una semana más tarde, los ladrones volvieron a atacar esa tarde.
Algunos de los residentes que me habían visto durante las visitas pensaron que yo era responsable por los ataques. Se dieron cuenta de que los ladrones habían venido solo en los días cuando yo había estado allí, así que decidieron que si yo volvía alguna vez, me matarían.
Como yo no tenía idea de todo esto, volví un martes de tarde a hacer una entrega. Sin embargo, el cliente ya se habla ido a su trabajo. Cuando me estaba yendo, algunos de los vecinos me vieron y me interceptaron. Me cuestionaron sobre mis visitas previas. Yo. por supuesto, no tenía idea de que ladrones había entrado y atacado por las tardes cada vez que yo había ido. Traté de explicarles qué hacía, pero no me creyeron. Tres hombres furiosos decidieron matarme tirándome del sexto piso a la calle. Me agarraron, y me llevaron hasta el sexto piso. Los escuché contar: «Uno, dos, tres». Y justo entonces, el Señor intervino, y la encargada del edificio llegó y reprendió fuertemente a !os hombres. «No maten al hombre -les gritó-. Si ha hecho algo mal, llévenlo a la estación de policía».
Y eso fue lo que hicieron. Pasé la noche en la cárcel. El director de Publicaciones intentó intervenir, pero la policía no lo escuchó. Cuando mi cliente volvió a su casa a la mañana siguiente, no podía creer que algunos de sus vecinos querían echarlo por «entretener a un criminal». Finalmente, él pudo convencer a la policía de que yo trabajaba para la iglesia, y que no conspiraba con ladrones; y me dejaron ir. No sé si encontraron a los ladrones, pero sé que Dios me protegió esa noche.
Ser un colportor puede ser, en ocasiones, peligroso, como ser «una oveja entre lobos», pero como David expresó, «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Sal. 46:1).
Andrew Nyambane. Kenia
Tomado de: Meditaciones Matinales para Colportores 2015
Encuentros con la gracia de Dios
