“Más valen dos que uno, pues mayor provecho obtienen de su trabajo. Y si uno de ellos cae, el otro lo levanta. ¡Pero ay del que cae estando solo, pues no habrá quien lo levante!” (Ecl. 4:9, 10).
“Acercándonos a otra persona con amor en el corazón creamos relaciones milagrosas”. Wayne Dyer
En el año 2005, Matthew Lieberman y Naomi Eisenberger155 llevaron a cabo un experimento con personas a las cuales aplicaron una sofisticada tecnología que permitía hacer resonancias magnéticas de sus cerebros. Los participantes fueron agrupados de cuatro en cuatro y su tarea era sencilla: tenían que jugar a pasarse una pelota entre ellos. A dos, sin embargo, se les dio la instrucción de que, llegado determinado momento, dejaran de lanzarles la pelota a los otros y se la lanzaran solo entre ellos.
Si alguna vez hemos creído que es apenas una metáfora decir “Me duele la muerte de mi madre”, o “No puedo superar el dolor de que mis hijos no me llamen”, estamos ahora en disposición de comprender que es mucho más que una metáfora. Nos duele, literalmente, perder la presencia de alguien significativo en nuestra vida; nos duele ser excluidas, rechazadas o ignoradas por alguien, y mucho más si es alguien a quien queremos. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro está programado para la conexión social.
Está científicamente comprobado que 1) la persona sin conexiones sociales tiene mayores niveles de ansiedad y depresión, y mayor tendencia a ser violenta; 2) tener buenas conexiones sociales fortalece el sistema inmune y aumenta en un 50 % las probabilidades de ser más longevos; y 3) que el aislamiento social incrementa el riesgo de muerte en un 32 %. Esto último quiere decir que, conectar con alguien, puede significar literalmente salvarlo de una depresión, del suicidio, o de la muerte. Dime si esto no es milagroso.
