«Él fue traspasado por nuestras rebeliones y molido por nuestras iniquidades.
Sobre él recayó el castigo, precio de nuestra paz y gracias a sus heridas fuimos sanados».
Isaías 53: 5, NVI
Algunos tienen opiniones limitadas acerca de la expiación. Piensan que Cristo sufrió tan solo una pequeña parte de la penalidad de la ley de Dios; suponen que, aunque el, amado Hijo soportó la ira de Dios fue porque él primero advertía a través de sus dolorosos sufrimientos el amor y la aceptación del Padre; que los portales de la tumba se iluminaron delante de él con radiante esperanza, y que tenía evidencias constantes de su gloria futura. Este es un gran error. La más punzante angustia de Cristo provenía de que él comprendía el desagrado de su Padre. La agonía que esto le causaba era tan intensa que el ser humano puede apreciarla tan solo débilmente.
Para muchos, la historia de la condescendencia, la humillación y el sacrificio de nuestro Señor, no despierta interés más profundo que la historia de la muerte de los mártires de Jesús. Muchos sufrieron la muerte por torturas lentas; otros murieron crucificados. ¿En qué difiere de estas muertes la del amado Hijo de Dios?. Si los sufrimientos de Cristo consistieron solamente en dolor físico, entonces su muerte no fue más dolorosa que la de algunos mártires. Pero el dolor corporal fue tan solo una pequeña parte de la agonía que sufrió el amado Hijo de Dios. Los pecados del mundo pesaban sobre él, así como la sensación de la ira de su Padre, mientras sufría la penalidad de la ley transgredida. Fue esto lo que abrumó su alma divina.
El inocente Varón que sufría en el Calvario comprendió y sintió plena y hondamente la separación que el pecado produce entre Dios y el ser humano. Fue oprimido por las potestades de las tinieblas. Ni un solo rayo de luz iluminó las perspectivas del futuro para él. Fue en aquella temible hora de tinieblas,en que el rostro de su Padre se ocultó mientras le rodeaban legiones de malos ángeles y los pecados del mundo estaban sobre él, cuando sus labios profirieron estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?».
En comparación con la empresa de la vida eterna, todo lo demás se hunde en la insignificancia.— Testimonios para la iglesia, t. 2, pp. 192-194.
EL PRECIO DE LA GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
