El gran clamor del Señor nunca se acaba, y su compasión jamás se agota. Cada mañana se renuevan sus bondades; ¡muy grande es su fidelidad! Lamentaciones 3:22, 23, NVI.
En mi vehículo entran cuatro personas, y creo firmemente que los ángeles ocupan los otros tres asientos cuando estoy colportando. Si piensas que esto es extraño, considera las siguientes palabras inspiradas para los colportores: “Bajo la dirección divina, avancen en la obra y busquen la ayuda del Señor… Los ángeles del cielo serán los compañeros de ustedes y prepararan el camino» (Elena de White, El colportor evangélico, p. 23, 24). Como los ángeles realmente me acompañan, me encanta que ocupen los asientos vacíos de mi coche. Hablo con ellos, los saludo, y busco su protección pues ¡con seguridad, su vista es mucho mejor que la mía!
Un domingo, mientras estaba colportando, tuve un accidente que hizo que mi Jeep cayera por un precipicio de quince metros. ¡Fue terrible! Cada día le agradezco a Dios por prepararme para tal prueba. Permíteme explicarme mejor.
Una noche, exactamente tres semanas antes del accidente, me despertó una impresión tan fuerte que parecía una voz que me decía: “Levántate y baja”. Entendí el término y me levante para arrodillarme. Pasé tiempo en oración, repasando las promesas de Dios, y meditando en el libro “El Conflicto de los Siglos”. Cada mañana subía a mi Jeep, oraba y saludaba audiblemente a los ángeles que me acompañaban.
Entonces llegó ese domingo. Hice lo que había estado haciendo cada mañana durante tres semanas: saludé a mis ángeles y ore antes de salir a la ruta… De pronto, no sé cómo, ocurrió el accidente. Fue un impacto horrible, pero Dios me salvó de una muerte segura, ¡Creo que mis ángeles tuvieron mucho trabajo ese día!
Como si Dios lo hubiera planeado así, otra colportora se encontraba cerca y vio lo que sucedió. Después del impacto, ella me llamó: «¡Hermana Tobías, salga de allí! ¡Venga! ¡Venga aquí y tome sus mochilas!” Gracias a Dios pude escucharla, me levanté y note ¡que no tenía ningún hueso roto! Mis mochilas y mis libros estaban desparramados por todas partes, pero un joven que vio el accidente bajó por el acantilado para ayudarme a juntar mis pertenencias.
Alabo a Dios por sus ángeles y su protección milagrosa. Él me ha bendecido como colportora de tiempo completo, y por su gracia siempre lo seguiré. ¡Su protección realmente nunca falla!
Lydia Cateau-Tobias, Trinidad y Tobago
Tomado de: Matinal para Colportores 2015
«Encuentros con la gracia de Dios»
Compilado por Howard Faigao
