El compañerismo es obligatorio (1 Tesa. 4: 17; Heb. 10: 24-25)
Ser parte de una comunidad requiere un gran esfuerzo. La tentación es mantenernos alejados de nuestra comunidad para evitar enterarnos de sus problemas. Pero es imperativo que, según se acerca la venida de Cristo, nos unamos fraternalmente. «Busquemos la manera de ayudarnos unos a otros a tener más amor y a hacer el bien. No dejemos de asistir a nuestras reuniones, como hacen algunos, sino animémonos unos a otros; y tanto más cuanto que vemos que el día del Señor se acerca» (Heb. 10: 24-25). Pablo entiende de acuerdo con ese texto que unirnos aquí en la tierra es un requisito para ser «llevados, juntamente con ellos, en las nubes, para encontrarnos con el Señor en el aire» (1 Tesa. 4: 17).
Esta necesidad de conectarse que tienen los seres humanos se echa de ver en toda la Biblia, como parte del plan original de Dios. Es el pecado el que ha causado una separación de Dios y una división entre sus hijos. En la medida que Dios trae sanidad espiritual a nuestras vidas, nos uniremos más los unos a los otros. Si es que no nos estamos acercando mutuamente quizá podríamos preguntarnos: ¿acaso estamos siendo transformados por Dios?
El compañerismo es inevitable (Juan 13: 34-35; 15: 9, 12)
Acercarnos a los demás según nos acercamos a Dios no es únicamente una muestra de obediencia al mandato de Dios de que nos unamos; es también el resultado natural del amor que Dios coloca en nuestros corazones. Asimismo, surgirán el amor y el perdón en nuestros corazones, según experimentemos el insondable amor y el perdón de Dios. Al contemplar el amor de Jesús somos transformados a su semejanza y nos convertimos en cristianos llenos de amor (2 Cor. 3: 18).
De hecho, se supone que nosotros originalmente debíamos vivir en comunidad. Cuando Dios creó a los seres humanos, formó a dos seres que podían relacionarse mutuamente pero que eran distintos. Adán y Eva eran una imagen de Dios, de la Deidad, que son tres personas, aunque un solo Dios. No es natural que el ser humano, creado a la imagen del Dios tri-uno, esté dividido. La aniquiladora influencia del temor descansa en la base de esta división. Al examinar las vidas de Adán y Eva, podremos ver que huyen de la voz de Dios y el uno del otro a causa de su desobediencia. En vez de aceptar la responsabilidad por sus actos, procuraron descargar su culpa en otros, abandonando los fundamentos de su relación que hacían de ellos una pareja. Sin embargo, sus temores se mitigan al escuchar la prometida derrota de la serpiente, la que instigó su separación.
Jesús, el cumplimiento de aquella promesa al aplastar la cabeza de la serpiente, consuela a sus seguidores: «No se angustien ustedes. Crean en Dios y crean también en mí» (juan 14: 1-3). Esto comienza a sembrar esperanza en los corazones de los que lo siguen, abriendo las puertas para que exista una buena relación entre ellos. La esperanza ¡es el arma más poderosa contra el temor!
La confraternidad es algo intuitivo (Hech. 2: 1)
Los discípulos se reunieron en el aposento alto después de la ascensión de Cristo con el fin de esperar la promesa del Espíritu Santo. En la medida que enfocaron sus mentes en las enseñanzas de Cristo, comenzaron a derrumbarse los muros de celos y malos pensamientos, mientras se unían como grupo. Al estar juntos en la misma habitación, tuvieron la oportunidad de resolver sus diferencias. Permanecer en el mismo lugar les dio la oportunidad de actuar de manera inmediata, aunque pudieron haberse dado cuenta de su necesidad de reconciliación incluso aunque estuvieran orando en lugares separados.
Ser parte de una comunidad requiere un gran esfuerzo.
Estar juntos es esencial para facilitar las buenas relaciones mutuas. Necesitamos unirnos físicamente para reconocer las necesidades de los demás y satisfacerlas de inmediato. Incluso si estamos convencidos de la importancia de ministrar a los oprimidos no podremos actuar sobre esa convicción a menos que entremos en contacto físico con ellos. Para cualquiera que desee servir como Cristo sirvió, el contacto físico con los demás debe ser intuitivo.
En Hechos 2, los discípulos aparecen unidos y en un solo lugar, de común acuerdo; listos para recibir el poder que les permitirá predicar el evangelio al mundo. Ellos entendieron que esa conexión entre ellos y con Dios era una clave para cumplir el mandato que Jesús les dio en Mateo 28: 19: «Ir por todo el mundo».
Volviendo a hebreos 10: 24-25, Pablo exhorta al pueblo de Dios a no dejar de reunirse según se acerca «el día». ¿Qué día? ¡La segunda venida de Cristo! La bendita esperanza-es que un día, tú y yo podremos disfrutar de la presencia del Señor por toda la eternidad. No obstante, antes de que llegue ese momento, debemos experimentar la dulce comunión que surge de estar unidos. A medida que crecemos en sabiduría y estatura, ¡no olvidemos crecer en gracia tanto con Dios como con aquellos con quienes entramos en contacto a diario!
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2019.
3er trimestre 2019 “Servir a los necesitados”
Lección 7: «Jesus y los pobres»
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
