Los salmos: cánticos de esperanza para el oprimido (Sal. 9: 7-9, 13-20)
El libro de Salmos es una lectura agradable no solo por la riqueza de sus temas, que tienen bastante que ver con la adoración, sino también debido a sus numerosos mensajes de consuelo. Salmos contiene una de las preguntas que con mayor frecuencia escuchamos, tanto en boca de creyentes como de no creyentes: «Oh Dios, ¿hasta cuándo nos ofenderá el enemigo? ¿Hasta cuándo seguirá hablando mal de ti?,, (Sal. 74: 10). ~s una pregunta significativa y el aparente silencio de Dios no equivale a indiferencia; será contestada en el juicio, en el que cada uno será recompensado «con-forme a lo que haya hecho» (Apoc. 22: 12). Esto no significa que Dios no actúa en favor de su pueblo (Sal. 9: 9). Dios viste al desnudo, alimenta al hambriento y visita a los presos, a través de instrumentos humanos (Mat. 25: 40).
«Dios, haz algo» (Sal. 82)
Cada vez que recibimos un golpe de parte de la vida, clamamos pidiendo que se haga presente la justicia divina. La comprensión de la deslumbrante desigualdad entre los ricos y los pobres y la forma en que los primeros explotan esa ventaja a costa de los últimos, son suficientes municiones para que los escépticos desacrediten la justicia Y el amor de Dios. Las Escrituras afirman que él se preocupa por nosotros que incluso conoce los cabellos de nuestras cabezas (Mat. 10: 30). Puede que no haga caer un juicio inmediato sobre los impíos, pero no permanecerá callado para siempre. Su promesa no puede ser una mejor noticia: «Por eso voy ahora a levantarme y les daré la ayuda que tanto anhelan» (Sal. 12: 5). ‘
Las promesas de un rey (Sal. 101)
Tener dificultades no nos da derecho a recibir las bendiciones de Dios. Él permite que su sol «salga sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mat. 5: 45). Pero las dificultades sí nos hacen comprender más íntimamente nuestra necesidad de Dios: Los que han experimentado lo peor que ofrece esta vida presente, tienen muchas más razones para anhelar la próxima. Dios les promete una vida que nunca han experimentado si tan solo permanecen fieles. Las personas orgullosas y prepotentes no necesitarán «un gran premio en el ciclo» (Mar: 5: 12), porque ya han obtenido uno ahora, pisoteando a los débiles e indefensos.
Caminando con el Señor (Sal. 146)
El hecho de que podemos alabar a Dios en medio de la aflicción es una señal de fe. Aunque la oscuridad parezca ocultar de nosotros el rostro de Dios, podemos descansar en su gracia inmutable. David habla de caminar sin temor en el valle de sombra de muerte. Él sabe lo que es vivir con el corazón en la boca, dado lo mucho que Saúl procuraba matarlo. Ese tipo de confianza en el poder de Dios no nubla la realidad que representan las dificultades; sin embargo, aporta esperanzas para triunfar «por medio de aquel que nos amó» (Rom. 8: 37). Esa es la tarea a la que hemos sido llamados como cristianos (Miq. 6: 8). Cuando compartimos a Jesús, compartimos la esperanza y la fe que acompañan al hecho de conocerlo. Lo poco que podemos ofrecer para aliviar el sufrimiento temporal no es nada comparado con la vida abundante que proviene de conocerlo y experimentarlo (juan 10: 10). Esa alegría sonríe a través del dolor y anticipa con grandes expectativas la manifestación del Rey de reyes.
Los que han experimentado lo peor que les ofrece esta vida, tienen muchas más razones para anhelar la próxima.
Proverbios: Misericordia para los necesitados (Prov. 10: 4; 13: 23, 25; 14: 31; 15: 15-16; 19: 15, 17; 22: 2, 22, 23; 30: 7-9)
Los Proverbios son expresiones breves, aunque poderosas. Y al leerlos, no podemos dejar de ver la estrecha relación que presentan entre la riqueza y el carácter. En nuestra manera de relacionarnos con el dinero y con el poder se ve cuál es nuestra relación con la ley de Dios. Es mejor tener poco dinero y honrar al Señor, que ser rico y vivir sin Dios (ver Prov. 15: 16).
Esta relación probablemente tenga algo que ver con la ley del amor. En el centro del amor está el desinterés: la disposición a dar nuestras vidas en beneficio de otra persona, en caso que sea necesario (ver Juan 15: 13). Quizá la riqueza sea una maldición cuando todo lo que puede lograr es satisfacer nuestros deseos. Jesús dejó claro que siempre habrá gente pobre (Mat. 26: 11). ¿Es esa una maldición arbitraria de parte de Dios? Creer eso sería hacer de Dios un gobernante malo e injusto. Sin embargo, debemos recordar que también hay un «príncipe de este mundo» que ejerce un considerable grado de control (juan 12: 31).
La pobreza no es el único problema que aflige a la humanidad. La enfermedad, la muerte, la guerra y el hambre, entre otros, son igualmente destructivos para la paz mental. Debemos darnos cuenta de que estos dolores abren para nosotros las puertas a presentar al Salvador a la gente. Después de todo, Jesús, además de morir, vino a darnos «una corona en vez de ceniza, perfume de alegría en vez de llanto, cantos de alabanza en vez de desesperación» (Isa. 61: 3).
No podemos hacer esto si somos egoístas y nos gustan los excesos y la gratificación indulgente. Nuestra tarea está claramente delineada.
PARA COMENTAR
- ¿Se preocupa Dios por el sufrimiento y el dolor de los seres humanos? Si es así, ¿por qué no hace algo para detener esos males?
- ¿Puede un cristiano ser pobre?
- ¿Qué es más importante: ¿aliviar el sufrimiento humano, o presentar el evangelio? ¿Cómo pueden nuestros esfuerzos humanitarios ser diferentes de lo que hacen algunas organizaciones laicas?
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2019.
3er trimestre 2019 “Servir a los necesitados”
Lección 4: «La misericordia y la justicia en Salmos y Proverbios»
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
