Viviendo en el pasado (Éxo. 32: 1-14, 28; 1 Cor. 2: 14)
Según el libro de Éxodo, el pueblo de Dios rechazó abiertamente su pacto cuando adoró al becerro de oro. La vida pasada en la esclavitud de Egipto no les parecía más que un recuerdo fugaz cuando de repente se vieron atrapados en sus deseos egoístas y en su propensión al culto pagano. El pueblo sufrió un golpe fatal (Éxodo 32: 28) en la medida que continuaba viviendo en el pasado, sin abandonar sus viejas costumbres. Aquel momento fue crítico, cuando «los levitas cumplieron las órdenes de Moisés, y ese día murieron como tres mil hombres». En lugar de servir a Dios a través de la adoración y guardar sus mandamientos, eligieron servir a dioses falibles y a sus deseos carnales.
La iglesia de hoy se enfrenta a reveses parecidos. Además de las distracciones comunes de las actividades cotidianas, muchos están atrapados en sus agendas personales y en contiendas. En 1 Corintios, Pablo aborda los problemas, las presiones y las luchas de una iglesia llamada a salir de la sociedad pagana. En sus palabras de consejo, afirma: «Porque Dios es Dios de paz y no de confusión» (1 Cor. 14: 33). Él les ruega a sus lectores que amen a la iglesia para que puedan mostrar ese amor a la comunidad.
Transformado para servir (Juan 3: 16; Apoc. 14: 12)
Cuando entregamos nuestras vidas a Cristo, nos transformamos, entendiendo que el evangelio no es solo un sencillo conjunto de hechos que debemos creer, sino un estilo de vida para ser vivido. La vida de un cristiano es una vida de servicio. El pueblo remanente de Dios es conocido como «aquellos que cumplen sus mandamientos y son fieles a Jesús» (Apoc, 14: 12). Para guardar los mandamientos de Dios, debemos amarlo; y amarlo implica servirlo. El fundamento de nuestra existencia es el amor.
En Juan 3: 16, Jesús le dice a Nicodemo: «Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que en él cree no muera, sino que tenga vida eterna». El amor de Dios por nosotros es incondicional, pero no comprendemos por entero lo que esto significa: no hay nada que podamos hacer o decir para ganar su amor. Necesitamos creer y servir, no para ser salvos, sino porque somos salvos. A medida que Dios continúa su obra en nosotros, su carácter se revela y nos hacemos más semejantes a él. Es a través de esa transformación que podemos llevar a cabo su obra con sinceridad y apasionamiento.
Un don que no cesa (1 Cor. 13: 3; Rom. 12: 10)
El amor de Dios es un don que no cesa. Como cristianos que experimentamos ese amor, no debemos guardarlo para nosotros. Es con gran interés que debemos prestar atención a las palabras del apóstol Pablo en Romanos, donde suplica a sus lectores que se presenten como sacrificios vivos a Dios, sirviéndole con sus dones espirituales. Pablo también los alienta diciendo: «Ámense como hermanos los unos a los otros, dándose preferencia y respetándose mutuamente» (Rom. 12: 10).
Necesitamos creer y servir, no para ser salvos, sino porque somos salvos.
Luego surgirá el resultado del amor, que a veces puede ser desafiante, incluso para la iglesia. ¿Será que podemos amar a los demás y no servirlos? Según las palabras de Pablo: «Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y aun si entrego mi propio cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve» (1 Cor. 13: 3). Para que podamos ministrar a los necesitados, debemos entender ese amor y experimentarlo nosotros mismos. Dios conoce nuestros corazones, y en caso que cumplamos su voluntad sin ser sinceros, ciertamente eso le disgustará. Es necesario que el amor de Dios more en nosotros. Únicamente así podremos estar motivados para manifestar dicho amor a aquellos que están dentro de la iglesia, así como en la comunidad.
Destacando por nuestra dadivosidad (Gál. 6: 9; Heb. 10: 23-24)
Como una comunidad de siervos de Cristo, debemos ser generosos y hacer el bien sin quejarnos ni discutir (Gál. 6: 9). Ya que vivimos ante el mundo, no debemos desanimarnos por el mal que nos rodea. Nos toca mantener nuestra mirada en Dios, que nos da todo lo que necesitamos para servirle, tanto en la iglesia como en la comunidad. La obra de Dios debe continuar, incluso ante los desafíos que aparecen de vez en cuando…
Pablo afirma: «Mantengámonos firmes, sin dudar, en la esperanza de la fe que profesamos, porque Dios cumplirá la promesa que nos ha hecho. Busquemos la manera de ayudamos unos a otros a tener más amor y a hacer el bien» (Heb. 10: 23-24). La iglesia debe entender que su función principal es servir como faro de luz en un mundo de oscuridad, guiando a los hombres y mujeres que están perdidos a un lugar de protección y seguridad: el santuario de Dios. Para guiar a los perdidos, debemos animarnos unos a otros con amor y mezclarnos con la comunidad como lo hizo Jesús. Cristo ministró a la gente en el lugar y el momento de su necesidad, no a distancia. Salió y se reunió con ellos. Les habló y mostró compasión. Es por su ejemplo que debemos servir tanto entre los hermanos como a los miembros de nuestra comunidad.
PARA COMENTAR
- ¿De qué maneras puedes mostrar amor a los miembros de tu comunidad?
- ¿Qué deberías hacer si te sientes desafiado a mostrarles amor a los de tu comunidad?
- ¿Cómo ministrarías a alguien en necesidad, pero que no cree en Dios?
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2019.
3er trimestre 2019 “Servir a los necesitados”
Lección :13 «Una comunidad de siervos«
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
