Clama en alta voz (Isa. 58: 1)
El llamamiento hecho a Israel era un llamado a ser bendición para las naciones vecinas. En Isaías 58: 1 encontramos que, con gritos, se llama la atención a las culpas y pecados del pueblo de Dios. Para entender mejor la razón de ese grito, debemos considerar el contexto. El Señor da una orden en Isaías 56: 1 diciendo: «Practiquen la justicia, hagan lo que es recto, porque pronto voy a llevar a cabo la liberación; voy a mostrar mi poder salvador». Vemos en este pasaje que la justicia y la liberación están conectadas. Tanto la justicia como la liberación son parte del plan de salvación de Dios y parte de un plan para mostrar su carácter al mundo.
Eso conduce a la condena de los dirigentes de Israel, que no habían cumplido el mandato que Dios les dio. Isaías 57 enumera los hechos injustos de ellos, entre los que se encuentra el siguiente: «Los hombres honrados mueren y nadie se preocupa» (Isa. 57: 1). El liderazgo de Israel permitió que el pueblo de Dios olvidara por completo su obligación moral y la bendición que debían ser para el mundo.
Una religión falsa (Isa. 58: 1-5)
Al seguir leyendo Isaías 58, vemos que se menciona una falsa religión en los versículos 1 al 5. Los israelitas pensaron que al observar sus obligaciones religiosas de ayunar, orar y ofrecer sacrificios, estaban cumpliendo con sus deberes. Sin embargo, su religión era superficial porque a los sacrificios les faltaba la justicia y la justificación necesarias para demostrar ante el mundo cómo es Dios. El ayuno que Dios deseaba de parte de Israel era que mostraran justicia y misericordia a las naciones circundantes. Luego Dios pregunta en el versículo 5: «¿Cuál es el ayuno que me agrada?».
La verdadera religión (Isa. 58: 5-7)
Practicar la verdadera religión conlleva romper las cadenas de injusticia, dejar libres a los oprimidos, compartir el pan con los hambrientos, brindar alojamiento a los que no tienen techo y vestir a los desnudos. Incluye preocuparse por los menos afortunados y luchar por aquellos que no están recibiendo justicia. Nuestra vida espiritual tendrá sentido cuando combinemos nuestro aprecio por los menos afortunados con nuestras prácticas religiosas. El propósito del evangelio y del plan de salvación es combinar la justicia y la justificación. Si así lo hubiera hecho, Israel habría sido una bendición para el mundo. Una vez que el evangelio sea experimentado y demostrado, el mundo verá la gloria del carácter de Dios.
La gloria (Isa. 58: 8-9; Mat. 5: 16; Apoc. 18: 1)
El carácter de Dios se revelará al mundo cuando su pueblo combine su ayuno religioso con su experiencia religiosa. Esa promesa se manifiesta en el versículo 8: «Entonces brillará tu luz como el amanecen». El término entonces denota que lo que sigue resulta del antecedente. El resultado sería la luz de Dios (la gloria) que surgiría como la mañana: cuando Israel alimentara a los pobres, vistiera a los desnudos, proporcionara hogares a los desamparados y luchara por los oprimidos, todo ello combinado con sus deberes religiosos.
Cuando el pueblo de Dios combine su ayuno religioso con su experiencia religiosa, el carácter de Dios se revelará al mundo.
En la Biblia, «luz» es sinónimo de la gloria de Dios (ver 2 Cor. 4: 6). En un mundo oscurecido por la falta de una revelación del carácter de Dios, nuestras obras mostrarán si estamos viviendo o no el mensaje que decimos proclamar. En Apocalipsis 14: 6-13, Dios le da al Israel moderno el mensaje final que se debe presentar al mundo. Uno de los primeros mandatos es «dar gloria a Dios». Luego, Apocalipsis 18: 1 presenta el resultado de mostrar esa gloria (su carácter) al mundo: «Después de esto, vi otro ángel que bajaba del cielo; tenía mucha autoridad, y la tierra quedó iluminada con su resplandor». Esta gloria es la razón de que Jesús enfatizara en su Sermón del Monte la importancia de las buenas obras. En esa ocasión declaró que nuestras luces debían brillar ante los hombres. ¿Con qué objetivo? «Procuren ustedes que su luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que ustedes hacen, todos alaben a su Padre que está en el cielo» (Mat. 5: 16). El mundo necesita desesperadamente ver esa gloria, y el Señor nos ha ordenado compartirla.
Un don que no cesa (Prov. 11: 25)
El rey Salomón, el hombre más sabio del mundo, enfatizó la importancia de ser generoso: «El que es generoso, prospera; el que da, también recibe» (Prov. 11: 25). El apóstol Pablo enfatizó el mismo punto en 2 Corintios 9: 6. «El que siembra poco, poco cosecha; el que siembra mucho, mucho cosecha». Dios desea que experimentemos la felicidad y la alegría que acompañan al servicio. Él nos ha bendecido con hogares, trabajos, comida, familia, pero si guardamos esas bendiciones para nosotros mismos y no las compartimos con los demás, estamos perdiendo la bendición especial que Dios quiere darnos. Todo lo que él nos ha dado es para que podamos ser una bendición para los demás. Aquel que va regando también se refresca. El servicio es un don que no cesa.
PARA COMENTAR
1. ¿Acaso existe un llamamiento para que los cristianos participen activamente en cuestiones actuales de justicia social (inmigración, distribución de la riqueza, derechos de la mujer, etc.)?
2. ¿En alguna ocasión has hecho un esfuerzo que pareció ser un inconveniente, con el fin de ayudar a alguien? ¿Cómo te sentiste después?
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2019.
3er trimestre 2019 “Servir a los necesitados”
Lección 2: «Modelo para un mundo mejor»
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
