sábado , 15 agosto 2026
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Matinal De Adultos 2025

«LLAMADAS SIN RESPUESTAS»

Cuando ores, no seas como los hipócritas, porque ellos aman el orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa

Mateo 6: 5.

Una de las travesuras preferidas de un grupo de mis compañeros de clase, cuando teníamos entre diez y once años, era tocar el timbre de cualquier apartamento de un edificio de pisos y escapar corriendo a escondernos. Cuando la puerta se abría, allí ya no había nadie.

Algunas dé nuestras oraciones me recuerdan a estas travesuras dé la infancia. ¿Cuántas veces lanzamos rápidamente nuestra oración al cielo sin esperar su respuesta? O, tomando una imagen de tiempos más recientes y menos  traviesa,  parece que dejamos nuestro mensaje en el «contestador automático» y huimos, a renglón seguido, a nuestras ocupaciones. Me temo que, a veces, a Dios nuestras oraciones le deben sonar así. Lanzamos nuestra llamada y en cuanto alguien se dispone, responder ya nos hemos ido.

Ahí, precisamente, es donde más suele fallar nuestro concepto de oración. Si su finalidad principal es acercarnos a Dios y esa comunicación no se produce, la oración se queda en una fórmula, una rutina, un rezo›. Nada más. Sigue siendo buena, porque todas las buenas costumbres lo son, aunque se practiquen automáticamente. Pero, en realidad, si eso que llamamos oración no nos pone en relación con nadie, no es más que una autosugestión, una ilusión, una terapia como cualquier otra. Y es lamentable que,  en vez de entrar en una comunión privilegiada, nos contentemos con un gesto que ni siquiera consigue ponemos en contacto con nosotros mismos.

En cambio, si la oración es un encuentro, se convierte en algo sumamente importante porque se trata de nada menos que de conectar con la fuente de energía del universo. La fuente del valor y del amor.

En este sentido, orar es reconocer que no soy el centro de mi mundo. Que el centro de mi existencia está ahí, infinitamente fuera y por encima de mí. Pero, a la vez, tan cerca y tan dentro que puedo entrar en contacto con él en  cualquier momento en un instante. Así, orar es reconocer que vivir es algo más de lo que yo percibo en mi experiencia de cada día. Que tengo acceso una calidad de vida ilimitada, solamente a un paso, a una oración de distancia de mi realidad personal tan mediocre a menudo, tan pequeña siempre y a la vez tan única.

Orar no es tanto hablar como escuchar no es tanto pedir como recibir. No es tanto llamar a Dios, como responder a su llamado.

 

ÉL Y YO A SOLAS

 

Tomado de: Lecturas Devocionales para Adultos 2025
«CON JESÚS HOY»
Por:  Roberto Badenas
Colaboradores: Nilken Ortíz y Silvia García

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