El pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia». Romanos 6: 14
NI SIQUIERA EL AZUL ESMERALDA del mar del Caribe es capaz de arrancar la tristeza de su corazón. Olavo mira al mar, y su visión se pierde en el infinito, en aquel punto donde parece que el cielo y el mar se vuelven una sábana de terciopelo que se eleva hacia alturas insondables.
iCielo! iAh, cielo! Qué distante le parece; tan ajeno. El no merece nada de eso. Su vida, llena de errores, lo atormenta de forma ‘implacable. Ultimamente, no ha podido dormir: el martilleo de la conciencia lo golpea de día y de noche. Se siente sucio, pecador, inmundo.
Olavo ignora que todos los seres humanos estamos condenados, porque todos hemos pecado. No hay justo, ni siquiera uno. La paga del pecado es la muerte: no hay salida para la tragedia humana. Mejor dicho, no la habría, si no hubiera sido por el amor maravilloso de Dios, que permitió que el Señor Jesucristo se hiciera hombre y viniera a este mundo, a morir en lugar del pecador.
Con su muerte en la cruz del calvario, Jesús pagó el pecado de todos los tiempos, de todos los seres humanos. Lo único que necesitas hoy es apoderarte de ese sacrificio, y aceptarlo como tuyo. ¿Cuánto pagas por eso? Nada; absolutamente nada. Todo es por gracia. Gracia es el don de Dios mediante el cual aceptas la salvación, sin merecerla. Por causa de su misericordia, no recibes lo que mereces: la muerte; por su gracia, recibes lo que no mereces: la vida. La ley dictamina: «El que pecare ciertamente morirá». La gracia proclama: «Tú pecaste y mereces morir, pero Jesús sufrió la muerte que merecías y, si crees en él, eres salvo».
Cuando no conocías a Jesús, estabas bajo la condenación de la ley; al aceptar al Señor como tu Salvador, ya no vives más bajo la ley sino bajo la gracia. La gracia no te libera de la ley; te libera de las consecuencias del pecado, de la condenación de la ley. La gracia existe porque existe la ley; si acabas con la ley, acabas con la gracia.
Hoy puede ser un día diferente en tu vida. Un día de gracia, de amor y de misericordia. Hoy puede ser un día sin el tormento de la culpa; un día de libertad, de victoria y de realización. Las cosas viejas pasaron. Con Jesús, todo puede empezar de nuevo. Cada día es una nueva oportunidad de victoria, porque «el pecado no se enseñoreará de vosotros, pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia».
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“Plenitud En Cristo”
Por: Alejandro Bullón
