Cristo dio a entender a sus discípulos que al lavarse los pies no se lavaban sus pecados, sino que la limpieza de su corazón se probaba en este servicio humilde. Si el corazón estaba limpio, este acto era suficientemente esencial para revelar ese hecho. Él le había lavado los pies a Judas, pero dijo: “No estáis limpios todos”. En ese momento Judas poseía un corazón, traidor, y Cristo reveló a todos que sabía que él traicionaría a su Señor y que el lavamiento de sus pies no era un rito para limpiar el alma de su contaminación moral…
En el ejemplo de Cristo recibimos la lección de que el rito del lavamiento de los pies no debe ser postergado porque haya algunos falsos creyentes que no están limpios de sus pecados. Cristo conocía el corazón de Judas, y sin embargo le lavó los pies. El amor infinito no podía hacer más para que Judas se arrepintiera y para salvarlo de que diera ese paso fatal. Si ese acto de su Maestro, que se humilló para lavar los pies al peor de los pecadores, no le quebrantó el corazón, ¿qué más podía hacerse? Fue el último acto de amor que Jesús podía manifestar en favor de Judas. El amor infinito no podía obligar a Judas para que se arrepintiera, confesará sus pecados y fuera salvado. Se le concedió toda oportunidad. No se dejó de hacer nada que pudiera haber sido hecho para salvarlo de la trampa de Satanás (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día_, t. 5, p. 1112).
El rito del lavamiento de los pies es un rito de servicio. Esta es la lección que el Señor quiere que todos aprendan y practiquen. Cuando este rito se celebra debidamente, los hijos de Dios participan de una santa relación mutua que es ayuda y bendición para ellos.
Para que los suyos no se extravíen por el egoísmo que está en el corazón natural y que se fortalece cuando se busca el bien propio. Cristo mismo nos dio un ejemplo de humildad. No dejaría este gran asunto en manos del hombre. Lo consideró de tanta importancia, que él mismo, Aquel que era igual a Dios, lavó los pies de sus discípulos [se cita Juan 13:13-17] (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día_, t. 5, pp. 1112, 1113).
Cuando Jesús se ciñó con una toalla para lavar el polvo de sus pies, deseó por este mismo acto lavar el enajenamiento, los celos y el orgullo de sus corazones. Esto era mucho más importante que lavar sus polvorientos pies. Con el espíritu que entonces manifestaban, ninguno de ellos estaba preparado para tener comunión con Cristo. Hasta que fuesen puestos en un estado de humildad y amor, no estaban preparados para participar en la cena pascual, o del servicio recordativo que Cristo estaba por instituir. Sus corazones debían ser limpiados. El orgullo y el egoísmo crean disensión y odio, pero Jesús se los quitó al lavarles los pies. Se realizó un cambio en sus sentimientos. Mirándolos, Jesús pudo decir: “Vosotros limpios estáis”. Ahora sus corazones estaban unidos por el amor mutuo. Habían llegado a ser humildes y a estar dispuestos a ser enseñados. Excepto Judas, cada uno estaba listo para conceder a otro el lugar más elevado. Ahora, con corazones subyugados y agradecidos, podían recibir las palabras de Cristo (El Deseado de todas las gentes, p. 603).
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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2024.
4to. Trimestre 2024 «TEMAS EN EL EVANGELIO DE JUAN»
Lección 10: «EL CAMINO LA VERDAD Y LA VIDA»
Colaboradores: AURA HERRERA y Adriana Jiménez
