martes , 27 octubre 2026
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La Oración

Las oraciones fervientes ascienden como aroma fragante

Han soportado voluntariamente penurias y privaciones, y han orado por el éxito de la causa. Sus donativos y sus sacrificios manifiestan la ferviente gratitud y la alabanza de su parte a Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ningún incienso más fragante puede ascender al cielo. Sus oraciones y sus donativos permanecen delante de Dios como un monumento.—Mensajes Selectos 2:242, 243.

Dos hermosos querubines estaban de pie en cada extremo del arca con las alas desplegadas sobre ella, y tocándose una a otra por encima de la cabeza de Jesús, de pie ante el propiciatorio. Estaban los querubines cara a cara, pero mirando hacia el arca, en representación de toda la hueste angélica que contemplaba con interés la ley de Dios. Entre los querubines había un incensario de oro, y cuando las oraciones de los santos, ofrecidas con fe, subían a Jesús y él las presentaba a su Padre, una nube fragante subía del incienso a manera de humo de bellísimos colores. Encima del sitio donde estaba Jesús ante el arca, había una brillantísima gloria que no pude mirar. Parecía el trono de Dios. Cuando el incienso ascendía al Padre, la excelsa gloria bajaba del trono hasta Jesús, y de él se derramaba sobre aquellos cuyas plegarias habían subido como suave incienso. La luz se derramaba sobre Jesús en copiosa abundancia y cubría el propiciatorio, mientras que la estela de gloria llenaba el templo.

No pude resistir mucho tiempo el vivísimo fulgor. Ninguna lengua acertaría a describirlo. Quedé abrumada y me desvié de la majestad y gloria del espectáculo.—Primeros Escritos, 251, 252.

                              “El ejemplo de Cristo que oraba en todo momento“

La fortaleza de Cristo provenía de la oración. Había tomado sobre sí la humanidad, llevó nuestras enfermedades y se hizo pecado por nosotros. Cristo se retiraba a los huertos o las montañas, alejándose del mundo y todo lo demás. Estaba a solas con su Padre. Con fervor intenso, derramaba sus súplicas, y ponía todo el poder de su alma en aferrarse de la mano del Infinito. Cuando enfrentaba pruebas nuevas y mayores, se alejaba, buscando la soledad de las montañas, y pasaba la noche entera en oración a su Padre celestial.

Siendo Cristo nuestro ejemplo en todas las cosas, si imitamos su ejemplo de oración ferviente e insistente al Dios que da poder, en el nombre de quién nunca se rindió ante las tentaciones de Satanás, para poder resistir las asechanzas del enemigo astuto, nunca seremos vencidos por él.—The Youth’s Instructor, 1 de abril de 1873.

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LA ORACIÓN
   CAPÍTULO 8- “LA ORACIÓN VICTORIOSA“
Por: Elena G De White
Colaboradores: Adriana Jiménez & América Lara

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