“Ten piedad de mí, Señor, porque estoy sin fuerza; sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen. Mi alma también está muy angustiada; y Tú, oh Señor, ¿hasta cuándo?”. SALMO 6:2-3.
¿ Alguna vez has sentido que tu vida está en un punto de marea baja? Quizá ahora mismo te parece así. A veces sentimos que ya no tenemos la vitalidad espiritual que alguna vez tuvimos.
Es posible que nuestros propios pecados, o los que otros han cometido contra nosotros, hayan debilitado nuestra fuerza. Nubes negras parecen ensombrecer nuestra fe. Lo que alguna vez fue
pasión real por Dios se ha convertido en formalismo distante, y lo que solíamos disfrutar en el pasado ahora apenas lo podemos soportar. Al principio, difícilmente nos damos cuenta de estos
sentimientos. Las aguas parecen retirarse lentamente. Pero de repente volteas hacia abajo y ves que el agua se ha retirado y todo está seco. El barco de tu fe ha encallado.
Cuando David escribió el Salmo 6, su alma estaba en un punto de marea baja. La desesperación lo agobiaba y dijo: “Cansado estoy de mis gemidos” (Sal 6:6) y “Se consumen de sufrir mis
ojos (v. 7). La experiencia de David nos muestra que no es anormal que, como creyentes, nos sintamos abrumados por el pecado, ya sea el nuestro o el que otros han cometido contra nosotros.
Sin embargo, sigue habiendo esperanza de que vuelva la marea alta.
David le ruega a Dios que tenga piedad. Él pide: “Vuélvete [y] rescata mi alma” (Sal 6:4). De este lado de la cruz, conocemos ya la fuente definitiva de la libertad por la que rogaba David.
Allí, en la cruz, encontramos misericordia sin medida. En el Calvario, Dios canceló el registro de nuestros pecados y avergonzó a nuestros enemigos espirituales (Col 2:14-15). Sí, la cruz de Cristo
nos enfrenta con nuestra propia culpa y nos hace caer de rodillas, pero la gracia y la misericordia que Dios derramó sobre nosotros allí también nos pone de nuevo de pie. El Dios que trata con
nuestro duro corazón es el mismo que nos da arrepentimiento (2Ti 2:25) y que desata nuestros labios para alabarlo.
Gracias a Cristo, Dios escucha nuestros clamores y desesperación (Sal 6:8) y, si hemos conocido y amado Su misericordia, podemos exclamar junto con David: “El Señor ha escuchado mi
súplica; el Señor recibe mi oración” (v. 9). Podemos acudir a Él. Podemos clamar a Él. Podemos confiar nuestra vida en Sus manos. Sin importar cuán bajo estemos, cuán culpables nos sintamos
o cuán lastimados estemos por los actos de otros, Dios todavía puede cambiar nuestro lamento en danza y vestirnos de alegría (Sal 30:11).
Dios no nos garantiza que la marea regresará tan pronto como clamemos a Él, pero la esperanza nunca está lejos de los que confían en el Señor. Un día, ya sea hoy o el primer día en la eternidad con Él, recibiremos la sanidad completa de nuestra alma y de nuestro cuerpo, y, en última instancia, el fin de todos nuestros problemas. Quizá los tiempos de Dios nos parezcan misteriosos, pero la marea regresará y todas nuestras angustias desaparecerán. La cruz declara que así será.
SALMO 6
Lecturas Devocionales Familiares 2026
« LA VERDAD PARA VIVIR (365 DEVOCIONALES DIARIOS)»
Por: ALISTAIR BEGG
Colaboradores: Familia Mariscal y Karla González
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