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Y de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que corría, el cual hinchió toda la casa donde estaban sentados. . Y fueron llenos del Espíritu Santo. (Hechos 2:4)
Sobre los discípulos que esperaban y oraban vino el Espíritu con una plenitud que
alcanzó a todo corazón. El Ser Infinito se reveló con poder a su iglesia. Era como si durante
siglos esta influencia hubiera estado restringida, y ahora el Cielo se regocijara en poder
derramar sobre la iglesia las riquezas de la gracia del Espíritu. (HAp:29)
El derramamiento del Espíritu Santo en los días de los apóstoles fue «la lluvia
temprana; y el resultado de la misma fue glorioso. Pero la lluvia tardía será más abundante.
(ST, 17-02-1914)
Al fin del tiempo, la presencia del Espíritu ha de morar con la iglesia fiel. Pero cerca
del fin de la siega de la tierra, se promete una concesión especial de gracia espiritual, para
preparar a la iglesia para la venida del Hijo del hombre. Este derramamiento del Espíritu se
compara con la caída de la lluvia tardía; y en procura de este poder adicional, los cristianos
han de elevar sus peticiones al Señor de la mies «en la sazón tardía.» (Zac. 10:1). En
respuesta, «Jehová hará relámpagos, y os dará lluvia abundante». «Hará descender sobre
vosotros lluvia temprana y tardía.» (Joel 2:23).
Únicamente los que estén recibiendo constantemente nueva provisión de gracia,
tendrán una fuerza proporcionada a su necesidad diaria y a su capacidad de emplearla. En
vez de esperar algún tiempo futuro en que, mediante el otorgamiento de un poder espiritual
especial, sean milagrosamente hechos idóneos para ganar almas, se entregan diariamente a
Dios, para que los haga vasos dignos de ser empleados por él. Diariamente están
aprovechando las oportunidades de servir que están a su alcance. Diariamente están
testificando por el Maestro dondequiera que estén, ora sea en alguna humilde esfera de
trabajo o en el hogar, o en un ramo público de utilidad. (HAp:41-42)
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Devocional Vespertino
“Mi Vida Hoy”
Febrero – Una vida llena del espíritu
Por: Elena G. de White
