“Un gran profeta ha surgido entre nosotros”. LUCAS 7:16.
Por naturaleza, no podemos ver la belleza de Jesús. Por nosotros mismos, nunca afirmaríamos que Jesús es maravilloso, hermoso e incomparable. Por nuestros propios medios, estamos en
oscuridad total y rechazamos lo que Dios nos ha hecho evidente.
El puritano del siglo diecisiete, Thomas Watson, afirmó que la oscuridad espiritual es peor que la oscuridad natural; sin embargo, la oscuridad natural nos aterra, mientras que “la oscuridad espiritual no va acompañada de terror, y los hombres no tiemblan ante su estado; es más, están bastante contentos con el mismo”.1 Preferimos la oscuridad antes que la luz porque la tendencia de nuestro corazón y de nuestros actos es mala (Jn 3:19-20).
¿Existe una luz para nuestra oscuridad? ¿Existe libertad para nuestra esclavitud al yo? Por supuesto, la respuesta es un enfático sí. Encontramos esa libertad en la persona de Jesucristo. Y, al
considerar la forma en la que Cristo ofrece luz y vida, por la gracia de Dios nos vemos movidos una y otra vez a alabarlo porque es maravilloso, hermoso e incomparable.
Consideremos, por ejemplo, que Jesús es el profeta más grande y definitivo (Heb 1:1-3). Dios envió a Sus profetas y, finalmente, a Su Hijo. Esto representa para nosotros un juicio implícito, porque
fueron nuestras limitaciones las que hicieron necesarios a los profetas. Por naturaleza, somos ignorantes de Dios. Necesitamos la ayuda divina para entender las verdades más importantes de la vida.
Dios ungió y envió a los profetas del Antiguo Testamento para atacar la ignorancia y la ceguera del ser humano. Sin embargo, estos profetas solo hablaron la Palabra de Dios. Cuando Dios vino a nosotros en la persona de Jesús, Él mismo vino como la Palabra de Dios, para acabar con nuestra ignorancia, destapar nuestros oídos sordos y abrir nuestros ojos ciegos. Aquí tenemos al mayor de los profetas.
En los Evangelios, descubrimos que, cuando Jesús comenzó Su ministerio, casi de inmediato la gente lo reconoció como un profeta. Así fue como, después de la resurrección del hijo de la viuda
de Naín, el pueblo respondió: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros” (Lc 7:16). De manera similar, en Juan 6, después de la alimentación de los cinco mil, la respuesta fue: “Verdaderamente
Este es el Profeta que había de venir al mundo” (Jn 6:14). De hecho, Jesús mismo reconoció este rol en Lucas 4 cuando señaló que “ningún profeta es bien recibido en su propia tierra” (Lc 4:24).
Jesús vino como la mismísima Palabra de Dios. Por tanto, en Él la palabra profética halló su cumplimiento, y en Él descubrimos la expresión suprema de la verdad: la verdad contenida, no solo
en Su enseñanza, sino también en Su persona. Necesitamos que Jesús enseñe en nuestro corazón, disipe nuestra oscuridad y nos alcance de una manera que nadie más puede hacerlo. Hasta que Él
nos enseñe, jamás aprenderemos sobre Él.
Hasta que lo veamos como la Palabra de Dios, nunca seremos sabios para ser salvos. Sin embargo, cuando este profeta supremo habla a nuestro corazón, respondemos: “Esta es la verdad” —y alabamos a Aquel que es todo verdad como nuestro maravilloso, hermoso e incomparable Maestro y Salvador—.
2 PEDRO 1:16-21
Lecturas Devocionales Familiares 2026
« LA VERDAD PARA VIVIR (365 DEVOCIONALES DIARIOS)»
Por: ALISTAIR BEGG
Colaboradores: Familia Mariscal y Karla González
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