¡Busquen al Señor y su fuerza; anhelen siempre su rostro!».
1 Crónicas 16: 11, NVI
Cuando Jesús estuvo aquí en la tierra, enseñó a sus discípulos a orar. Les enseñó a presentar a Dios sus necesidades diarias y a confiarle todas sus preocupaciones. Y la seguridad que les dio de que sus oraciones serían escuchadas nos es dada a nosotros también.— El camino a Cristo, cap. ll, p. 138.
Hemos de tener un lugar especial para la oración secreta. Debemos escoger, como lo hizo Cristo, lugares selectos para comunicarnos con Dios. Muchas veces necesitamos aislarnos en algún lugar, aunque sea humilde, donde estemos a solas con Dios.
En el lugar secreto de oración, donde ningún ojo puede ver ni oído oír sino únicamente Dios, podemos expresar nuestros deseos y anhelos más íntimos al Padre de compasión infinita: y en la paz y el sosiego del alma, esa voz que jamás deja de responder al clamor de la necesidad humana, hablará a nuestro corazón.
Si diariamente tenemos comunión con Cristo, sentiremos en nuestro derredor los poderes de un mundo invisible; y mirando a Cristo, nos asemejaremos a él. Contemplándolo, seremos transformados. Nuestro carácter se suavizará, se refinará y ennoblecerá para el reino celestial. El resultado seguro de nuestra comunión con Dios será un aumento de piedad, pureza y entusiasmo; oraremos de modo más inteligente cada vez. Estamos recibiendo una educación divina, la cual se revela en una vida diligente y fervorosa.
El alma que se vuelve a Dios en ferviente oración diaria para pedir ayuda, apoyo y poder, tendrá aspiraciones nobles, conceptos claros de la verdad y del deber, propósitos elevados, así como sed y hambre insaciable de justicia. Al mantenernos en relación con Dios, podremos derramar sobre las personas que nos rodean la luz, la paz y la serenidad que imperan. en nuestro corazón. La fuerza obtenida al orar a Dios, sumada a los esfuerzos infatigables para acostumbrar la mente a ser más considerada y atenta, nos prepara para los deberes diarios, y preserva la paz del espíritu bajo todas las circunstancias.— El discurso maestro de Jesucristo, cap. 4, pp. 132-135.
La religión debe empezar vaciando y purificando el corazón, y debe ser nutrida por la oración diaria.— Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 526.
CRECIENDO EN LA GRACIA
Tomado de: Lecturas Devocional Vespertino 2025
«La Maravillosa Gracia De Dios»
Por: Elena G. White
Colaboradores: José Sánchez y Silvia García
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