“Echa sobre el Señor tu carga, y él te sustentará; él nunca permitirá que el justo sea sacudido” (Salmos 55:22, LBLA)
Agradece la gota que colmó el vaso; puede ser la semilla del cambio. Anónimo.
Un profesor le preguntó a su alumno:
—¿Cuánto pesa un copo de nieve?
—Nada —le contestó el joven.
—¿Nada? Déjame que te cuente algo. Un día estaba yo aquí mismo, donde estamos ahora, contemplando por esta ventana el árbol de enfrente, cuando, de pronto, empezó a nevar. No nevaba mucho, era una nevada suave, y me fui fijando en cómo iba cayendo lentamente cada copo sobre esa rama de ahí. Parecía no ser nada, pero de pronto, justo cuando cayó un copo más, la rama se partió. Y eso que un copo de nieve no pesa nada…
¿Nunca te ha pasado que, de pronto, cae en tu vida esa gota que colma el vaso, ese copo de nieve que quiebra la rama? Es así como descubres que estabas tan agotada, tan estresada, tan emocionalmente cargada, que una simple palabra, una discusión, una mirada, un momento sin más, tuvo la fuerza de hacerte querer arrojar la toalla.
Cada día trae cierta medida de dificultad, tirantez, desencuentro o incluso decepción; y al recibir cada una de esas gotitas de agua y copos de nieve vamos paulatinamente aumentando la tensión si solo y exclusivamente dependemos de nuestras fuerzas para encajarlos.
Pero Dios quiere participar del proceso completo de nuestra vida; quiere estar presente en todo, para ayudarnos a encontrar el esquivo equilibrio. Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar, […] y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mat. 11:28, 29, RVR95). ¡Cuán bien sabe él que nuestras almas necesitan ese descanso diario que nos prepara para empezar de cero mañana!
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Por: Mónica Díaz
Colaboradores: Milenia de la Rosa y Adriana Jiménez
