«La mujer que teme a Jehová, ésa será alabada» (Prov. 31: 30, RV95).
«El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón». Samuel

Soy mujer, creo que eso es suficiente. Solo tengo que ser yo misma, auténtica y vulnerable, sentirme cómoda en mi propia piel y dejar que sea Dios quien ponga límites a mi éxito social. ¿Por qué habría de definir mi feminidad en función de la cultura? Si así lo hiciera, mi autoestima se vendría abajo al observar cómo mi vida no encaja con ciertas «normas», y sé que Dios me necesita fuerte, con esa valentía que proviene de la fe.
Si «mi adorno no consiste en cosas externas,[…] sino en lo íntimo del corazón, en la belleza incorruptible de un espíritu suave y tranquilo», qué bendición, porque «esta belleza vale mucho delante de Dios» (1 Ped. 3: 3-4), es una parte maravillosa de mi feminidad. Si tengo el talento, por ejemplo, de «considerar heredades y comprarlas, y con mis propias manos plantar una viña» (Prov. 31: 16, PV95), lo pondré en uso, se considere «femenino» o no. Si tengo familia, excelente, la Biblia indica que, aunque «es preferible quedarse sin casar […] más vale casarse que consumirse de pasión»
(1 Cor 7: 8-9). En ambos casos, mi feminidad sigue intacta. Y si lo que Dios mira es «el corazón» (1 Sam. 16: 7), me preocuparé por invertir en él más que en mi apariencia (eso incluye en qué gasto mi dinero y hasta qué punto me preocupo por la delgadez o hasta qué nivel quiero estar delgada).
La mujer cristiana encuentra su identidad y su valía personal en Cristo. La meta es hallar nuestra feminidad en el propósito de Dios para cada una. No hay dos mujeres iguales.
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“VIRTUOSA” Ante todo, cristiana
Por: Mónica Díaz
Colaboradores: Ana Hirónymus y Adriana Jiménez