«Por nada romperé mi pacto. […) Será tan eterno como la luna, ¡la cual es mi fiel testigo en el cielo!»
(Salmo 89:34-37, NTV).

Para ser sinceros, a pesar de todas las investigaciones realizadas, los cálculos efectuados y las historias escritas, la mayoría de la gente probablemente nunca pensó que llegaríamos a visitar la Luna. Parecía una idea demasiado descabellada, demasiado peligrosa y solo remotamente posible con la tecnología entonces disponible. Todo esto cambió con la llegada de la era espacial. Se lanzó una misión tras otra a la estratosfera para dar la vuelta al mundo y realizar pruebas científicas.
Estados Unidos envió a tres astronautas en la primera cápsula espacial a la Luna, para que orbitaran diez veces alrededor de su superficie llena de baches y cráteres. Era la víspera de Navidad cuando iniciaron la primera órbita. Los astronautas, Frank Borman, James Lovell, Jr. y William Anders, no vieron vida en la Luna, pero sí vieron la cara oscura de la luna, una cara que nadie en la Tierra había visto antes. Y fueron los primeros humanos en ver la gran canica azul que es nuestra Tierra suspendida en el espacio.
Entonces, la misión Apolo 8 de la NASA abandonó su órbita lunar para iniciar el viaje de regreso a la Tierra, aterrizando con seguridad en el Océano Pacífico el 27 de diciembre de 1968. Habían cumplido su misión y la Tierra nunca tuvo mejor aspecto para ellos. En el futuro se llevarían a cabo varias misiones de alunizaje, pero por el momento los astronautas estaban contentos de poder pisar el suelo terrestre.
Llegar a la Luna fue algo muy importante para nosotros, los terrícolas, pero no lo es para Dios. Él hizo la Luna. Cuando Dios creó la Tierra y la Luna, hizo un pacto con Adán que duraría para siempre, mientras la Luna estuviera en el cielo.
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Tomado de: Lecturas Devocionales de Adolescentes 2022
“UN SALTO EN EL TIEMPO”
Por: BRADLEY BOOTH
Colaboradores: Ely Agustin & Antonia Hernández