Kennedy —- 1 a parte

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«Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gálatas 3: 28).

Estados Unidos recordó recientemente a John E Kennedy, en el cincuenta aniversario de su muerte, un fatídico día de noviembre; y no pude evitar recordar dónde me encontraba yo cuando escuché aquellas noticias.

Acababa de llegar a la Universidad Adventista del Plata, en Argentina, para pasar un año académico tomando clases de Teología para perfeccionar mi español y experimentar una nueva cultura. Era una aventura, que me llenaba de miedo y de entusiasmo al mismo tiempo. Al bajar las escaleras de mi habitación hasta la recepción del hogar de señoritas, la preceptora, la señorita Bellido, me detuvo y me miró de una manera muy extraña.

—¿Cuál es el problema? —le pregunté, tratando de descifrar su mirada.

—¿No escuchaste? Tu presidente murió. Acaban de matar a Kennedy —me respondió ella.

—¿Mi presidente? —repetí en estupor, tratando de asimilar lo imposible.

¿Mi presidente? De pronto tuve una nueva perspectiva sobre mí misma, que no había tenido hasta el momento: yo era estadounidense, y ese presidente que acababa de ser asesinado era mi presidente. En mi país, me había considerado una forastera; una «hispana» con fuertes raíces culturales de Puerto Rico, Venezuela y México. Ahora, repentinamente, me presentaron una imagen de mí misma que resumía quién era en una palabra: estadounidense.

Por un lado, sentía que me habían robado mi herencia hispana, que podría unirme de alguna forma a la gente argentina. Por el otro, estaba agradecida porque me hubieran forzado a entender quién era a los ojos de otra gente, y por verme a mí misma como realmente perteneciente a mi propio país.

Fue una revelación que me cambió la vida.

De muchas maneras, «mi» presidente, el presidente John E Kennedy, había embarcado a la nación en una aventura de autodescubrimiento cuando se puso firme en definir lo «estadounidense» como multiétnico, multirracial y multilingúe. Y ahora sabía que yo también formaba parte de esa aventura.

Aunque no siempre es un viaje fácil, el autodescubrimiento es un viaje esencial, que todos debemos recorrer.

Lourdes Morales-Gudmundsson

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Tomado de: Lecturas Devocionales para Damas 2017
“VIVIR SU AMOR”
Por: Ardis Stenbakken.

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