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¿Lo sabías?
En la antigüedad, el enemigo derrotado solía tener un aciago destino. Se podía esperar que a los prisioneros de guerra los mataran o fueran sometidos a la esclavitud, aunque con los prisioneros ricos o importantes ocasionalmente se pedía un rescate, regresándolos a sus hogares a cambio de dinero y tierras. Pero eran pocos los que tenían tanta suerte. A los enemigos derrotados se los podría torturar, ahorcar, destripar, decapitar, crucificar o quemar en la hoguera, dependiendo de las técnicas y las tradiciones del conquistador.
Nuestros «enemigos» pueden ser personas: posiblemente aquel grandulón al que le gusta abusar de los más débiles, o alguien que impide que actuemos correctamente. Con mayor frecuencia, los enemigos con los que luchamos son espirituales y echan raíces en nuestras vidas: tentaciones y pruebas que debemos vencer. Lee Romanos 8: 31-39 y Efesios 6: 10-12 para ver qué clase de batallas debemos librar como cristianos y qué victorias nos promete Dios. Piensa en alguna batalla espiritual que estés librando actualmente. Dios te promete la victoria, pero a veces nos pide que realicemos actos de valor, como lo hizo con Ester. ¿Qué puedes hacer hoy para encaminarte hacia la victoria que Dios te ha prometido?
Plan de lectura para esta semana: Profetas y reyes, cap. 49
#LecciónDeJóvenes
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Lección de Escuela Sabática Adventista para Jóvenes.
4to trimestre 2016 LIBERACIÓN
Lecc. 05 La victoria de Ester

