«Todos los que tengan sed, vengan a beber agua; los que no tengan dinero, vengan, consigan trigo de balde y coman […] sin pagar nada» (Isaías 55: 1).

En otra ocasión, un niño iba con su papá y se dirigió a una máquina de golosinas. Metió una moneda para comerse un rico dulce y… ¡¡¡adivina qué!!! La máquina estaba estropeada y le dio todas las golosinas que contenía, a cambio de una simple moneda. ¡Golosinas gratis! ¿Qué niño del mundo no se sentiría en el paraíso si le pasara una cosa así? Aquel muchacho se llenó los bolsillos de dulces, pero se le acabó la felicidad cuando su papá le hizo devolverlos todos, diciéndole: «Las cosas deben comprarse pagando por ellas lo que es justo». Cuando mi hija mayor leyó esta historia me dijo: «Mami, ¿por qué a mí no me ocurren esas cosas?». Tal vez tú estés pensando lo mismo en este momento. Pero te digo una cosa: a ti sí te ha ocurrido algo como eso, solo que tal vez aún no te has dado cuenta,
Jesús nos da, completamente gratis, muchas cosas: la vida, la salud, el amor, la amistad… ¿O has hecho algo tú para ganártelas? Claro que no. Y de todo lo que Jesús nos da, lo más grande es la salvación. Jesús nos salva sin que tengamos que hacer nada. Dime si eso no es mucho mejor que todas las golosinas del mundo. Yo creo que sí, aunque los periódicos no hablen de ello.
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Tomado de: Lecturas Devocionales para Menores 2017
«Salta»
Por: Patricia Navarro de Márquez.