Ironía e incomprensión
Los relatos de la conversión del agua en vino y de la purificación del Templo enseñan varias lecciones que repercuten en nuestra vida actual. Ambos contienen sutiles ironías y malentendidos. En las bodas de Caná, algo en las palabras o en el lenguaje corporal de Jesús debió de advertir a sus oyentes de sus verdaderas intenciones, pues lo que normalmente se interpretaría como un «no» (Juan 2: 4) se entendió como un «sí» (2: 5).
El encargado de la fiesta no sabía el origen del nuevo vino. Jesús no había transformado el agua en vino solo para exhibirlo (aun así, los sirvientes debieron de asombrarse). El encargado de la fiesta compartió con el anfitrión su consternación por esta transgresión de la etiqueta (2: 10). Podemos imaginar que el anfitrión también se sorprendió. Desde nuestra perspectiva, tras haber leído el pasaje, sabemos que se había producido algo más que una simple infracción de la etiqueta social. Conocemos el verdadero origen del vino, mientras que los implicados no lo sabían. También reconocemos que, en cierto sentido, Jesús actuó como anfitrión de la boda. Él proporcionó todo lo necesario y mucho más. Del mismo modo, la gracia que él proporciona al mundo es más que suficiente para satisfacer todas nuestras necesidades (ver Romanos 5: 20-21; Hebreos 4: 16).
Justo después de que Jesús purificara el Templo, sus palabras se aplicaron erróneamente al edificio del Templo (Juan 2: 18-21). Los que conversaban con él se centraron en cómo estaba construido el Templo, asunto que tomaron como base de su crítica a Jesús. Malinterpretaron las palabras de Jesús y no se dieron cuenta de que, en realidad, se refería a su cuerpo como templo (Juan daba con frecuencia a sus lectores las pautas que los protagonistas del Evangelio no tenían). La respuesta de Jesús hizo referencia a la demanda de señales. Jesús anticipó que la mayor señal sería su muerte, sepultura y resurrección. Sin embargo, aquí hay otra lección más personal. En el versículo 22, desde su posición ventajosa después de la resurrección, Juan explicó el significado más profundo de este intercambio. Su experiencia fue muy parecida a la nuestra cuando leemos el Evangelio en el siglo XXI. Todos podemos reflexionar sobre la vida de Cristo después de su resurrección. A Juan no le bastaba con narrar la vida de Cristo. A él le preocupaba sobre todo cómo los acontecimientos pasados cobran vida en la experiencia de fe del creyente. Cuando recordamos y volvemos a contar la historia de Cristo, nos comprometemos con la Palabra hecha carne, la revelación de Dios en la humanidad.
Medita nuevamente en Juan 2 e identifica dónde está Jesús en el texto.
¿Puedes pensar en algún momento en que una mala racha inminente se haya convertido de manera inesperada en un momento de plenitud?
¿En qué sentido puedes ver a Jesús en forma diferente o identificar algún rasgo nuevo de él?
¿Cómo respondes al ver a Jesús de esta manera?
