El Hijo del hombre
La parábola de las diez vírgenes termina con una advertencia:
«Manténganse ustedes despiertos […] porque no saben ni el día ni la hora» (Mateo 25: 13). Siempre debemos estar listos. Mientras esperamos, debemos dejar que nuestras lámparas brillen con fuerza en este mundo de oscuridad. Tenemos un mensaje hermoso para que el mundo escuche: ¡el Novio ya viene! La Biblia está llena de promesas de que Jesús regresará a esta tierra. Su segunda venida no será como la primera. No vendrá como un bebé en Belén, sino como Rey de reyes y Señor de señores. Su regreso será glorioso: «Cuando el Hijo del hombre venga, rodeado de esplendor y de todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso» (Mateo 25: 31). Todos los que vivan en este planeta al momento de su regreso verán su espléndida apariencia: «¡Cristo viene en las nubes! Todos lo verán, incluso los que lo traspasaron» (Apocalipsis 1: 7). El clímax de la historia no será un secreto para unos pocos escogidos.
La frase «el Hijo del hombre», que Jesús usó en esta parábola, es el título que más utilizó para referirse a sí mismo. También aparece en el libro profético de Daniel, en el Antiguo Testamento. En Daniel 7, el profeta ve cuatro bestias que representan cuatro reinos terrenales. Estos poderes terrenales se muestran conquistando y oprimiendo a la gente. De pronto, la escena cambia, y Daniel ve la sala del trono en el cielo. Contempla un juicio a favor de quienes fueron oprimidos. El Hijo del hombre aparece y se le da un reino. «Yo seguía viendo estas visiones en la noche. De pronto: “Vi que venía entre las nubes alguien parecido a un hijo de hombre, el cual fue a donde estaba el Anciano; y le hicieron acercarse a él. Y le fue dado el poder, la gloria y el reino, y gente de todas las naciones y lenguas le servían. Su poder será siempre el mismo, y su reino jamás será destruido”» (Daniel 7: 13, 14).
El Hijo del hombre establecerá un Reino eterno que nunca será destruido. Todas las demás naciones caerán ante él. El contraste entre los reinos temporales del mundo y el Reino eterno de Dios no podría ser más notorio.
El Hijo del hombre no vino para oprimir, sino para levantar a los cansados. No vino para ser servido, sino para servir. Su primera corona fue de espinas. Ganó nuestra lealtad y es el único que merece nuestra adoración. El Hijo del hombre se unió a la humanidad. Dejó su gloria para convertirse en uno de nosotros, para conquistar el pecado y la muerte por nosotros. Cuando confIamos en él, nos conectamos con su Reino eterno. El Hijo del hombre es el conquistador que comparte su victoria con su pueblo.
Medita nuevamente en el pasaje principal y busca a Jesús en él.
¿Por qué piensas que Jesús se llamó a sí mismo «Hijo del hombre»? ¿Qué te comunica esto?
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