Confianza en nuestro Sumo Sacerdote
El papel del sumo sacerdote en Israel era polifacético. Era el líder espiritual del pueblo y tenía las responsabilidades más sagradas. Como única persona a la que se le permitía entrar en el Lugar Santísimo, y solo en el Día de la Expiación, llevaba a cabo rituales y sacrificios especiales. El sumo sacerdote también servía de intercesor y tenía autoridad judicial sobre el pueblo. Sin embargo, a pesar de todas estas responsabilidades, seguía siendo un ser humano pecador, apenas una sombra de nuestro Sumo Sacerdote verdadero, perfecto y sin pecado: Jesucristo.
El santuario celestial, del que el terrenal era simplemente una copia ilustrativa, es donde Jesús obra para dispensar a los creyentes los beneficios de su vida, muerte y resurrección. Cristo ascendió al cielo en forma humana, lo que constituye una señal de que fue a ser nuestro Representante, Abogado e Intercesor. Elena G. de White afirma: «Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con nosotros» (El Deseado de todas las gentes, cap. 1, pp. 16, 17). Habiendo vivido como uno de nosotros, Jesús está ahí obrando en nuestro favor. Él es nuestra garantía y seguridad de que no se nos pasa por alto ni se nos olvida, y de que somos comprendidos: «Nuestro Sumo Sacerdote puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros; solo que él jamás pecó. Acerquémonos, pues, con confianza al trono de nuestro Dios amoroso, para que él tenga misericordia de nosotros y en su bondad nos ayude en la hora de necesidad» (Heb. 4: 15, 16). Esta experiencia compartida de humanidad es la razón por la que podemos confiar en la gracia, la dirección y el apoyo de Jesús en la hora del juicio. Del mismo modo en que los israelitas llevaron a cabo un profundo examen de conciencia, nosotros también debemos examinar seriamente nuestra vida y dejar que el Espíritu Santo ilumine cada rincón de nuestro corazón. El juicio investigador está llegando a
su fin. Es un tiempo solemne y no debemos jugar con el pecado ni un momento. Satanás sabe lo verdaderamente poco que le queda de tiempo
y arrojará todo sobre los creyentes para distraerlos, desanimarlos y seducirlos para que se sientan cómodos en el pecado.
Si ha habido un momento en el que tenemos que ser serios y comprometidos, ¡es este! Tenemos un trabajo de suma importancia que realizar: la proclamación mundial del llamado de Dios al arrepentimiento en los últimos tiempos. Nuestra salvación no depende de nuestras obras, sino de Jesús. Dios nos ha llamado a vivir bajo la gracia, entregados a él y a su misión, y agradecidos por su abundante amor y misericordia. Su perfecto amor echa fuera todo temor y alienta nuestra obra de testificación por él. Jesús combinó su divinidad con nuestra humanidad
para que nosotros, como humanos, pudiéramos llegar a «tener parte en la naturaleza de Dios» (2 Ped. 1: 4).
Muchas personas tienen dificultades para vivir coherentemente delante de Dios, pero los que comprenden la labor de Jesús como nuestro
Sumo Sacerdote tienen una esperanza que puede anclarlos sólidamente. Hebreos 6 dice: «Esta esperanza mantiene firme y segura nuestra alma, igual que el ancla mantiene firme al barco. Es una esperanza que ha penetrado hasta detrás del velo en el templo celestial, donde antes entró Jesús para abrirnos camino, llegando así a ser Sumo sacerdote para siempre» (vers. 19, 20). Comprender lo que Jesús está haciendo actualmente por nosotros nos dará una confianza y una seguridad que nada ni nadie podrá arrebatarnos.
Medita de nuevo en Levítico 16 y fíjate dónde puedes ver a Jesús en el texto.
- ¿Hay algo que te impida confiar totalmente en Jesús como Sumo Sacerdote y tu Salvador fiel?
- ¿Te ayuda este pasaje a ver a Jesús de una manera diferente o a redescubrirlo?
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