Una victoria sangrienta
Malala Yousafzai, una niña de Pakistán, emergió de una situación de penuria indescriptible como un faro de esperanza y valentía frente a una gran adversidad. Con apenas once años, desafió las severas restricciones de los talibanes a la educación femenina al escribir sin miedo un blog para la BBC Urdu, inspirando a innumerables personas a creer en el derecho de las niñas a la educación y a luchar por lograrlo. Un talibán armado le disparó a Malala en la cabeza mientras viajaba en el autobús escolar. El disparo no la mató y, mientras luchaba por su vida, su historia cautivó los corazones de millones de personas en todo el mundo.
Milagrosamente, Malala se recuperó y continuó con su labor, su testimonio y su inquebrantable dedicación, más fuertes que nunca. Creó una organización sin fines de lucro para ayudar a las niñas por medio de la educación, y en 2014, a la edad de diecisiete años, se convirtió en la galardonada más joven del Premio Nobel de la Paz, lo cual dio un poderoso testimonio del increíble impacto que había tenido en el mundo. Su historia es una demostración de que incluso una sola voz puede elevarse por encima de las circunstancias más sombrías, inspirar un cambio positivo y, en última instancia, lograr la victoria en la búsqueda de una causa digna.
Como creyentes remanentes, tenemos la causa más digna de todas: llevar el evangelio «a todas las naciones, razas, lenguas y pueblos» (Apoc. 14: 6). Somos llamados a ser un faro de esperanza, de valor y de luz en esta oscura tierra de confusión. Sin miedo y con pasión, a través del amor y la misericordia, debemos proclamar la verdad tal como es en Jesús. La gente necesita oír la buena noticia de que puede escapar de las agobiantes restricciones de Satanás y del pecado. Necesitan saber que «ya llegó la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Mesías; porque ha sido expulsado el acusador» (Apoc. 12: 10). ¡Satanás es un enemigo derrotado!
Ya sea de forma consciente o no, todo ser humano anhela la plenitud, la paz, la libertad, la sanación, la esperanza y la victoria sobre todo lo que ha hecho el pecado. Todo esto y más lo encontramos en Cristo. Él logró la victoria definitiva sobre el pecado mediante su muerte en la cruz, y la selló con su resurrección. Por la fe en «la sangre derramada del Cordero» (vers. 11), su victoria se convierte en nuestra. La salvación que Dios ofrece solo es posible porque Jesús murió como nuestro sustituto. La sangre del Cordero revela el indescriptible amor de Dios. Abrazar su amor constituye el único medio por el que es posible alcanzar una obediencia impulsada por la gracia.
El gran conflicto involucra a seres sobrenaturales y afecta a movimientos geopolíticos, religiosos y sociales, pero también sacude a los individuos hasta lo más profundo de su ser. Esta experiencia personal del triunfo de Cristo en nuestra vida no debe permanecer oculta. ¡Debemos contar nuestra historia! Nuestro testimonio de victoria y esperanza en Jesús se debe compartir por todas partes (Apoc. 12: 11). Satanás se muestra impotente ante la luz de la cruz, y pierde su control sobre la gente cuando damos testimonio de la fidelidad y la victoria de Dios. Cuando amamos a Dios más de lo que amamos nuestra vida, Cristo es glorificado y se vuelve irresistible para el que lo busca con sinceridad. Nada debe impedirnos compartir estas cuestiones, ni siquiera la posibilidad de persecución y muerte.
Medita de nuevo en el pasaje de Apocalipsis 12: 10-17 e identifica dónde está Jesús en el texto.
- ¿En qué aspectos de tu vida aún no has permitido que la victoria de Jesús te libere? ¿Qué impide que te rindas en esos aspectos?
- ¿Te ayuda este pasaje a ver a Jesús de una manera diferente o a redescubrirlo?
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