¿Qué amor es este?
Hay pocos dolores peores que perder a un ser amado a causa de una enfermedad o de una tragedia. Es difícil medir o exagerar el sufrimiento que produce tal tipo de separación y pérdida. Aun así, todas las pérdidas de toda la humanidad juntas son apenas como una pequeña lágrima comparadas con el profundo océano del dolor que sintió Dios durante la crucifixión y la muerte de Cristo.
Jesús experimentó niveles extremos de dolor y sufrimiento en la cruz. Tuvo que soportar uno de los métodos de ejecución más espantosos. La forma más cruel de crucifixión consistía en introducir clavos en las muñecas y los tobillos de la víctima, lo que le infligía graves daños a los nervios y le causaba un tormento implacable. El cuerpo suspendido impacta la tensión de los músculos, y provoca la dislocación de las articulaciones y fuertes calambres. La respiración se hace difícil y cada bocanada de aire exacerba el dolor. El sufrimiento se prolonga por la exposición a los elementos, la deshidratación, la pérdida de sangre y el estado de conmoción, que culminan en una muerte lenta y agonizante. Sin embargo, todo el sufrimiento físico era apenas una tenue sombra comparado con la intensa angustia mental que abrumaba a Cristo. En su completa pureza moral, sin haber cometido nunca pecado alguno, sintió cada pecado cometido por la raza humana como si él hubiera sido el autor. Cargó con todo el peso de la vergüenza y la desesperación de cada acto de egoísmo, abuso, violencia, sadismo, asesinato, horror y maldad alguna vez cometido. Sintió su culpa hasta la médula. Bebió la amarga copa de la iniquidad hasta la última gota.
En ese momento de intenso tormento físico, mental y moral, ni siquiera pudo recurrir a sus compañeros divinos, que habían sido sus más íntimos confidentes durante toda la eternidad. El Padre y el Espíritu Santo tuvieron que separarse de Jesús. Envuelto en tinieblas, Jesús se sintió abandonado y solo. En el punto álgido de esta lucha interna, Jesús gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mat. 27: 46). No oyó ninguna voz tranquilizadora como respuesta. El Cielo se mantuvo en silencio. En lugar de animarlo, los espectadores que lo rodeaban se burlaban de él. Jesús estaba siendo aplastado por el castigo del pecado, por las consecuencias de la desobediencia elegida por la humanidad. En aquel momento, ya no podía ver la esperanza de la resurrección. Cualquier esperanza que le quedara era solo por la fe, no por la vista.
En un acto de abnegación suprema, Jesús, que tenía el poder de bajarse de la cruz en cualquier momento, eligió quedarse por ti, aunque eso significara un sufrimiento prolongado y la posibilidad de la muerte eterna. Jesús murió literal y espiritualmente por tener el corazón roto, y lo hizo porque te ama. Lo hizo para que no tuvieras que experimentar ninguno de los sufrimientos por los que él pasó. Lo hizo solo por la posibilidad de que una persona creyera en su salvación. ¿Qué amor es este? No hay palabras que puedan describirlo. Es el amor de Dios por ti.
A la luz de la cruz, el pecado pierde su poder, el orgullo se derrite como la cera y las tentaciones se vuelven ofensivas. Todo se ve como realmente es, y nos damos cuenta de lo mucho que somos amados, de lo mucho que necesitamos a Cristo, de lo precioso, digno y hermoso que es él en verdad. Sus encantos incomparables nos cortejan, nos atraen hacia él y en total rendición caemos de rodillas en adoración, arrepentimiento y alabanza, exclamando: «¡Verdaderamente este [es] el Hijo de Dios!» (Mat. 27: 54, NVI). Él es tu Salvador personal, y con el poder de la resurrección declara la victoria sobre tu esclavitud al pecado: «¡Consumado es!» (Juan 19: 30, RV95).
Medita de nuevo en Mateo 27: 15-28: 10 e identifica dónde está Jesús en el texto.
- ¿Cómo influye la muerte de Jesús en la manera en que piensas de ti mismo y de los demás?
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Colaboradores: Joaquin Maldonado y Adriana Jiménez
