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La circuncisión y la Pascua

La batalla de Jericó reveló que fuerzas invisibles libraban estas batallas. Las murallas de la ciudad se derrumbaron sin que los israelitas empuñaran una sola arma. Josué no permitió que el pueblo pensara que habían obtenido la victoria con sus propias fuerzas. Recalcó que «el Señor les ha entregado la ciudad» (Jos. 6: 16). Como se trataba de una batalla espiritual, los israelitas tenían que consagrarse primero a Dios y cumplir todos sus requisitos. Antes de que comenzara la batalla, Josué preparó espiritualmente al campamento para lo que estaba a punto de suceder. Lo hizo mediante dos rituales ceremoniales: la circuncisión y la Pascua.

La circuncisión le había sido dada a Abraham como señal de la alianza establecida entre él y Dios (ver Gén. 17: 10-11). La circuncisión indicaba el compromiso con una relación de alianza continua con Dios, en la que ambas partes elegían ser fieles la una a la otra. Mientras que la generación de israelitas que había salido de Egipto había sido circuncidada, sus hijos nacidos en el desierto no lo habían sido (ver Jos. 5: 5). Josué se apresuró a corregir este descuido, y esta ronda de circuncisión simbolizó la renovada consagración de Israel a Dios, que era un elemento necesario para su conquista. «Entonces el Señor le dijo a Josué: “Con esta circuncisión les he quitado la vergüenza de los egipcios”» (v. 9). La estancia de Israel en Egipto era un símbolo bíblico de la cautividad del pecado y de Satanás. La lección para Israel en esta coyuntura era significativa: antes de que pudieran enfrentarse a sus gigantes y derrotarlos, necesitaban ser limpiados de sus pecados, lo que únicamente era posible mediante la fe en Dios y en su poder para salvar. La circuncisión era un acto de fe que significaba una consagración y un compromiso totales.

La celebración de la Pascua recordaba además a los israelitas que sufrirían el golpe del ángel destructor si no estaban cubiertos por la sangre del cordero (ver Éxo. 12: 13, 23). Por fe, Israel aplicó la sangre de sus corderos sacrificados a los postes de sus puertas. Por la fe, se salvaron de la destrucción. Solo la sangre del cordero, símbolo de la sangre de Jesús, podía salvarlos de los enemigos a los que se enfrentaban en Canaán y darles la victoria.

La consagración es igual de necesaria en nuestras vidas hoy. La victoria sobre Satanás en cualquier área de nuestras vidas es posible solo a través de la fe en Jesús. Como Cristo mismo dijo: «Yo soy la vid, y ustedes son las ramas. El que permanece unido a mí, y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí no pueden ustedes hacer nada» (Juan 15: 5). Solo permaneciendo en Cristo podemos vencer a los gigantes del miedo, la ansiedad, la adicción y el pecado en nuestras vidas. Solo Cristo, nuestro Cordero pascual (ver 1 Cor. 5: 7), puede salvarnos del pecado y llevarnos sanos y salvos al cielo. Que nuestra esperanza de salvación descanse enteramente en él.

Medita nuevamente en Josué 5, 6 y busca a Jesús en el pasaje.

¿Te ofrece el texto una perspectiva nueva o diferente de Jesús?

¿Cómo es vivir una vida completamente consagrada a Dios? ¿En qué se manifiesta exteriormente?

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