Antes de su conversión, el apóstol Pablo era un fariseo. Estaba sumamente confiado en su fidelidad a Dios (ver Fil. 3: 4-6). Desde su niñez, su vida se había caracterizado por su obediencia a la ley. Fue circuncidado al octavo día, nació del linaje de Benjamín, una tribu particularmente amada por Dios (ver Rom. 7: 5; Deut. 33: 12). De acuerdo al testimonio de Pablo, respecto a la justicia de la ley, era intachable (ver Fil. 3: 6). No hay prueba de un testimonio de Pablo, antes de que Cristo lo confrontara, de que tuviera un verdadero sentido de debilidad o fracaso moral. Después de su conversión, Pablo llegó a considerarse el primero de los pecadores (ver 1 Tim. 1: 15). Es interesante destacar que Pablo no se refirió a sí mismo como el primero de los pecadores en tiempo pasado, sino en tiempo presente. Una humilde autopercepción es el sello de una conversión genuina.
A través de su conversión, Pablo comenzó a comprender algo de la espiritualidad de la ley de Dios (ver Rom. 7: 14). A través de la conversión, la mente experimenta un cambio radical de orientación. En lugar de estar centrada en los asuntos carnales, la mente ahora se centra en los asuntos del Espíritu (ver Rom. 8: 5). Los verdaderos requerimientos de la ley empiezan a cumplirse en aquellos que caminan de acuerdo al Espíritu (8: 4). En contraste, la mente inconversa no se somete a la ley de Dios (8: 7).
A través de la conversión, disfrutamos el comienzo de una mente renovada, pues el Espíritu Santo escribe la ley de Dios en nuestra mente (ver Heb. 10: 16; Rom. 8: 4). Aunque Dios ha renovado nuestra mente, estamos atrapados en el cuerpo humano que sigue siendo carnal (ver Rom. 7: 14). No será sino hasta que regrese Jesús y redima nuestros cuerpos (8: 23) que habrá una total simetría entre los deseos del cuerpo y la mente. Debido a la asimetría que actualmente existe entre la mente renovada y nuestra condición caída, hasta la venida de Jesús enfrentaremos los deseos del cuerpo, que son inconsistentes con lo que sabemos es la voluntad de Dios (ver Rom. 7: 14-24). Entre la inicial renovación de nuestras mentes por el Espíritu y la redención de nuestros cuerpos, Pablo nos insta a dar muerte a las obras de la carne con la ayuda del Espíritu (ver Rom. 8: 13). A esto lo llamamos «santificación». La santificación es el proceso de poner las acciones del cuerpo en armonía con nuestras mentes renovadas.
Enfrentaremos los continuos deseos de nuestra humanidad caída. Algunas veces seremos victoriosos y daremos muerte a los deseos de la carne. Cuando fallemos, la ley es buena y útil para señalarnos el pecado (ver Rom. 7: 15-16). Debemos regocijarnos de que estamos en la gracia (5: 2) y renovar nuestro compromiso de dar muerte a las obras de la carne (8: 13).
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2021.
1er trimestre 2021 “Carta a los ROMANOS”
Lección 7: «¿MUERTOS A LA LEY?«
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
