Dios es amor (1 Juan 4: 8) y nosotros estamos hechos a su imagen (ver Gén. I: 26-27). Para ser verdaderamente humanos y vivir nuestro llamado de portar su imagen, debemos amar y ser amados. Esta es la razón por la que nos creó. Para cumplir el propósito de nuestra creación de amar y ser amados, la ley de causa y efecto tiene que funcionar. El bien que hacemos debe ser capaz de impactar a los que servimos. El amor que expresamos debe ser capaz de obrar en las vidas de los que amamos.
Desafortunadamente, la ley de causa y efecto es una espada de doble filo. Cuando funciona en armonía con Dios y su voluntad, fomenta el surgimiento del amor y la bondad; cuando se usa en contra de la voluntad de Dios, desata la muerte y la destrucción. La realidad es que cualquier mundo hecho para amar debe ser un mundo en que nuestras acciones puedan tener consecuencias reales. Si las buenas acciones pueden tener buenos resultados, las malas acciones deben ser capaces de tener efectos dañinos.
Muchas personas cuestionan la justicia de Dios aduciendo que permite que todo el mundo esté sumido por la muerte a causa del pecado de Adán (ver Rom. 5: 14-15, 17). Se asombran de cómo Dios puede ser bueno si permite que una acción equivocada pueda crear tanto dolor en el mundo. A pesar de esos cuestionamientos, no hay ninguna injusticia por parte de Dios, porque es el pecado de Adán el que introdujo la muerte a toda la humanidad. Un mundo en que el amor puede florecer debe ser un mundo gobernado por la ley de causa y efecto. Esto era un riesgo, pues las cosas podían salir mal, con terribles consecuencias.
Sin embargo, así como la acción malvada de un solo hombre puede traer tanto dolor, la acción correcta de un hombre puede hacer que el dominó caiga en una nueva dirección. Esto es exactamente lo que Jesús realizó. A través de su obediencia, muchos serán hechos justos (ver Rom. 5: 19) y encontrarán la vida eterna (5: 18, 21).
¿Alguna vez has mirado tu vida y has pensado: «Voy de un error en otro y mis pecados parecen multiplicarse a un ritmo tan rápido que nunca los podré controlar»? Eso es el reino del pecado ejerciendo su dominio en tu vida. El dominio del pecado culminará en la muerte (ver Rom. 5: 21). Afortunadamente, ¡Jesús ha intervenido! Él ha creado una nueva realidad mediante su muerte y resurrección. Por él, de la misma forma en que el pecado abundó, la gracia puede abundar (5: 20). ¡La gracia de Jesús es más grande que todos nuestros pecados! Así como en el pecado reinó la muerte, la gracia puede reinar a través de la justicia y conducirnos a la vida eterna (5: 21). Cuando ponemos nuestra fe en Jesús, recibimos el regalo de la justicia y esto libera el reino de la gracia en nuestras vidas.
Después que hayas repasado el texto que has copiado y resaltado,
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- ¿Cómo es que la idea de que Dios parezca injusto hace que sea el más justo de todos?
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2021.
1er trimestre 2021 “Carta a los ROMANOS”
Lección 5: «LA CAIDA DE ADÁN Y EL TRIUNFO DE JESÚS«
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
