La resurrección de Lázaro
Cuando Jesús llegó a Betania recibió la noticia de que Lázaro llevaba cuatro días muerto (Juan 11: 39). Según una creencia judía no bíblica muy extendida en aquella época, el alma permanecía cerca del cuerpo durante tres días, deseando volver a entrar en él. La idea de resucitar a alguien después de cuatro días era inimaginable. Cuatro días en la tumba significaba que todo había terminado. Que Jesús resucitara a Lázaro era una señal irrefutable de su poder. Debido a la cercanía de Betania a Jerusalén, y siendo Lázaro el tipo de persona cuya muerte atraía a una gran multitud (vers. 18-19), este milagro se haría muy conocido. Estos dolientes se convirtieron en testigos de un milagro verdaderamente inexplicable por cualquier medio humano.
Marta salió al encuentro de Jesús antes de que entrara en la ciudad y lo saludó con un ligero reproche, además de con una declaración de fe (vers. 20-22, 30). Esta es una reacción común cuando nos enfrentamos a situaciones incomprensibles. A veces amonestamos a Dios, sin embargo, permanecemos anclados en la fe (ver Marcos 9: 24). Su primera frase es comprensible: ella sabía que Jesús podría haber evitado la pérdida, pero a pesar de su decepción, mantuvo su fe en Cristo.
Jesús aseguró a la afligida hermana que Lázaro resucitaría (Juan 11: 23). Marta admitió su confianza en la resurrección al final de los tiempos (ver Daniel 12: 2-3), y Jesús respondió con una de las afirmaciones «yo soy» más poderosas del Evangelio. Declaró que no se limitaría a resucitar a Lázaro, sino que él mismo es «la resurrección y la vida» (Juan 11: 25-26). La resurrección no es un acontecimiento futuro lejano; el poder de la resurrección está disponible ahora, a partir del momento en que el reino nos impacta.
A Marta se la recuerda más a menudo como la mujer tan ocupada con la hospitalidad que no se detuvo a escuchar las palabras de Jesús (ver Lucas 10: 41-42), pero su confesión de fe (Juan 11: 27) destaca como una de las declaraciones más firmes de creencia en Jesús como el Mesías registradas en los Evangelios. Refleja la razón por la que Juan escribió su relato (11: 27; 20: 31). La estructura de la frase griega subyacente coloca el «yo» en una posición enfática, es decir: independientemente de lo que pensaran los demás, ella creía en él. Su fe no era simplemente una respuesta emocional, sino que tenía un contenido doctrinal. Sabía que Jesús era el Mesías esperado, el Hijo de Dios, el Enviado de lo alto (1: 1, 14).
Jesús se turbó y lloró cuando fue al sepulcro con María y las plañideras (11: 32-35). La respuesta de Jesús fue sincera, genuina. En dos ocasiones, Juan nos dice que Jesús se «conmovió profundamente» (11: 33, 38). ¿Le invadió el dolor por la pérdida que sentían las hermanas? Ciertamente, sintió compasión por ellas, pero la expresión «muy conmovido» también refleja disgusto e indignación. Jesús estaba respondiendo al intruso: la muerte. Quizá también estuviera molesto por la incredulidad de los que estaban a punto de presenciar el milagro (vers. 37).
Jesús rompió el poder de la muerte al pronunciar el nombre de Lázaro. Al igual que los demás discípulos, Lázaro respondió a las palabras de Cristo (vers. 43-44). El detalle que incluyó Juan de que Lázaro salió envuelto aún en la mortaja pinta una vívida imagen del poder de Cristo sobre la tumba. Esta imagen se yuxtapone a la de la resurrección de Jesús, en la que se despojó de su propia mortaja (11: 44; 20: 6-7).
Luego de haber repasado el texto que has copiado y resaltado:
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- ¿Qué otros principios y conclusiones encuentras?
- ¿Cómo sabemos cuándo quiere Dios que esperemos pacientemente un milagro que llegará en un futuro lejano? (Juan 11: 24) ¿Cómo sabemos cuándo quiere Dios que tengamos fe en él para que haga algo poderoso en el presente?
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Colaboradores: Joaquín Maldonado y Adriana Jiménez
