Discutir con Dios
Moisés intentó discutir con Dios, aunque sin mucho éxito. Moisés se mostró escéptico: «Ellos no me creerán» (Éxodo 4: 1). La preocupación parece válida. Después de todo, ¿por qué iban a creer los dirigentes israelitas semejante afirmación, sobre todo de alguien que los había abandonado?
La respuesta de Dios fue equipar a Moisés con milagros para convencer a los líderes israelitas de que Dios se había acordado de ellos. En primer lugar, Moisés arrojó al suelo su cayado de pastor y lo vio convertirse en una serpiente. Luego, metió la mano en su túnica y al sacarla, estaba leprosa. Estos acontecimientos fueron impresionantes, pero no serían necesariamente convincentes para los egipcios. Dios reconoció a Moisés que el pueblo podría no prestarle atención: «Si no te creen ni te hacen caso con ninguna de estas dos señales, saca agua del río y derrámala sobre el suelo. En cuanto el agua que saques del río caiga al suelo, se convertirá en sangre» (vers. 9). Las preocupaciones de Moisés eran válidas. Incluso Dios reconoció que dos milagros podrían no convencer a los israelitas del liderazgo de Moisés.
Moisés se estaba quedando sin opciones para escapar de esta misión. Volvió a centrarse en sí mismo. «Dios», pareció decir, «te has equivocado de hombre. Quieres un líder, y todo el mundo sabe que los líderes tienen que ser oradores capacitados». Moisés estaba seguro de que esta excusa funcionaría. La respuesta de Dios muestra que él era consciente del impedimento de Moisés, pero, aun así, lo había elegido: «¿Quién le ha dado la boca al hombre? ¿Quién si no yo lo hace mudo, sordo, ciego, o que pueda ver? (vers. 11). Dios asume mucha responsabilidad con esto. Él afirma haber hecho a todas las personas, sin importar sus desafíos y limitaciones físicas. Dios da el mismo valor y dignidad a todas las personas, incluso a las que nacen con cuerpos imperfectos. La historia de Moisés nos recuerda que las discapacidades físicas no impiden a Dios utilizar a las personas en su obra.
Finalmente, en un último esfuerzo para evitar verse involucrado, Moisés suplicó a Dios que encontrara a alguien más, a cualquier otro: «¡Ay, Señor, por favor, envía a alguna otra persona!» (vers. 13). No ofreció ninguna excusa, solo un grito desde el corazón para que Dios no lo obligara. Entonces descubrimos que Dios también tiene emociones. Dios se enojó, cuando dijo, en esencia: «¡Pues ahí está tu hermano Aarón, el levita! Yo sé que él habla muy bien. Además, él viene a tu encuentro. […] Tú le hablarás a Aarón como si fuera yo mismo» (vers. 14, 16). Incluso en su enojo, Dios transigió con Moisés, proporcionando una manera para que dirigiera sin tener que soportar la carga de hablar en público.
Ante esto, Moisés se rindió. No ofreció más excusas. Simplemente regresó a casa y pidió permiso a su suegro para volver a Egipto. Al final, Dios tenía razón. Moisés realizó las señales como Dios le había ordenado, y «la gente quedó convencida. Y al saber que el Señor había puesto su atención en ellos y que había visto cómo sufrían, se inclinaron en actitud de adoración» (vers. 31). ¿A quién adoraron? Al Dios cuyo nombre es «YO SOY», el Dios Creador autoexistente que es la fuente de la vida misma.
Después de repasar el texto que escribiste y resaltaste:
- ¿Qué te parece lo que marcaste o subrayaste y relacionaste?
- ¿Qué preguntas te surgen?
- ¿Qué partes te parecen más difíciles?
- ¿Qué otros principios y conclusiones puedes identificar?
Si pudieras tener una conversación con Dios, ¿cuál sería tu queja?
Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2025.
3er trimestre 2025 «EL LIBRO DEL ÉXODO»
Lección # 03 «UN ENCUENTRO CON DIOS»
Colaboradores: Felipe Torres y Adriana Jiménez
