Todos experimentamos pensamientos conflictivos que acusan o excusan nuestro comportamiento (ver Rom. 2: 15). Una forma común en que tratamos de ayudarnos para sentirnos mejor cuando experimentamos pensamientos acusadores de culpa y vergüenza es juzgar a los demás. Juzgamos para elevarnos nosotros mismos y así no tener que lidiar con la incómoda realidad de nuestras debilidades y fracasos morales. Nos convencemos de que, por mucho, somos mejores que nuestro vecino; entonces, nos sentimos lo suficientemente buenos. Es como si dijéramos: «Seguramente Dios no me condenará, pues yo no soy como tanta gente horrible que hay por ahí».
Esta jerarquía moral según la cual uno se eleva a sí mismo por encima de los demás se ve en cada faceta de la sociedad. El violador de mujeres se consuela, pues él no abusa de niños; el pedófilo se consuela, pues no es racista; el alcohólico se regodea, pues no es adicto a la heroína; el corrupto director general de una empresa condena a la persona que roba en una tienda; quien roba en tiendas se justifica al denunciar al corrupto director general de la empresa; y así sucesivamente. Cada persona, lejos de arrepentirse genuinamente y tener fe en Cristo, usa este tipo de razonamientos auto engañosos para elevar su posición moral por encima de los demás y así aplacar sus sentimientos de culpa y vergüenza. Esto es particularmente perjudicial cuando las personas religiosas se comportan así. Al valerse de su supuesta devoción a Dios para cubrir sus pecados, hacen que el nombre de Dios sea blasfemado y demuestran que, lejos de ser maestros, necesitan aprender los fundamentos de la verdadera religión (ver Rom. 2: 18-21, 24). Desafortunadamente, esta era exactamente la misma condición de muchos de los judíos a los que Pablo se dirigió en su Carta a los Romanos.
Romanos presenta una forma diferente de lidiar con la culpa y la vergüenza. En la lección de la próxima semana, veremos que en lugar de seguir escondiéndonos de nuestros pecados o de seguir condenando a otros, Pablo nos señala la muerte de Jesús como la forma en que Dios condena el pecado y libera a los pecadores de la culpa y la vergüenza. Ya que todos somos pecadores, y que todos podemos ser salvos por la fe en Cristo, no tenemos que condenarnos unos a otros para sentirnos mejor.
Pablo también nos presenta un mejor camino que Dios tiene para nosotros, y no se trata de una devoción externa que convive con una corrupción interna. Nuestro Padre celestial desea escribir su ley en nuestro corazón (ver Rom. 2: 15), asimismo, podemos cumplir la ley sirviéndole de corazón mediante el Espíritu Santo (ver Rom. 2: 27-29). Para Pablo, el poder del Espíritu Santo es el antídoto contra la hipocresía religiosa.
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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2021.
1er trimestre 2021 “Carta a los ROMANOS”
Lección 2: «EL PODER DEL PECADO«
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo
