domingo , 19 abril 2026
Lección E. Sabática Universitarios 2021

inTerioriza – LIBERADOS

Romanos 7 termina con el angustioso grito de Pablo: «¡Miserable de mí!» (vers. 24). Interiormente, Pablo se deleita en la ley de Dios (ver Rom. 7: 22) y anhela hacer el bien (7: 18). Desafortunadamente, es incapaz de vivir plenamente su vocación (7: 18-23). La disonancia entre lo que Pablo quería hacer y lo que realmente hacía lo llenaba de una sensación de desdicha. Dolorosamente, estaba atrapado entre dos mundos: el mundo que Adán creó y el nuevo mundo que Jesús creó. El mundo de Adán es un mundo de pecado y muerte; por otra parte, el mundo de Jesús es un mundo de justicia y vida (ver Rom. 5: 12-21). La tensión entre estos mundos puede llegar a ser insoportable.

Como Pablo, nosotros también estamos atrapados entre el mundo de Adán y el mundo de Jesús, y gemimos bajo el peso del dolor de nuestra condición caída. En realidad, toda la creación gime junto con nosotros (Rom. 8: 22). ¿Qué esperanza y seguridad se puede ofrecer al creyente que gime porque está atrapado entre el mundo de Adán y el mundo de Jesús? La esperanzadora respuesta de Pablo es: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu» (Rom. 8: 1). En Jesús, tenemos la seguridad de que no somos condenados.

Pablo esboza sistemáticamente por qué los que están en Cristo no son condenados. Su razonamiento es que la muerte de Jesús transforma nuestra relación con la ley. En Cristo, la ley es la ley del Espíritu y la vida. Fuera de Cristo, la ley es la ley del pecado y la muerte (ver Rom. 8: 2). Cuando nos convertimos en creyentes, no somos condenados, porque la ley ya no es más la ley del pecado y la muerte; es la ley del Espíritu y la vida. Este cambio en nuestra relación con la ley de Dios sucede porque Dios actuó en Cristo. Envió a Jesús a la tierra para que llegara a ser plenamente hombre. Jesús fue hecho en semejanza de carne de pecado. En la cruz, Dios condenó el pecado de la humanidad en el cuerpo de Jesús (ver Rom. 8: 4). En la cruz, Jesús asumió la condenación que el pecado merecía. Al asumir nuestra condenación, Jesús cambió la relación del creyente con la ley: de una relación de pecado y muerte, a una relación del Espíritu y la vida.

Pablo nos garantiza que los que estamos en Cristo, que sentimos la desdicha de estar atrapados entre el mundo de Adán y el mundo de Jesús, no somos condenados, porque Jesús tomó nuestra condenación y así cambió para siempre nuestra relación con la ley.

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Lección de Escuela Sabática Para Jóvenes Universitarios 2021.
1er trimestre 2021 “Carta a los ROMANOS”
Lección 8 «¿AMOR INSEPARABLE«
Colaboradores: Israel Esparza & Misael Morillo

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